miércoles, 14 de junio de 2017

DISPUTAS LITERARIAS EN LA MADRILEÑA CALLE DE QUEVEDO

Genios a la greña
Disputas literarias en la madrileña Calle de Quevedo









Las calles tienen biografías, que contra lo que se pudiera pensar no están sólo en la descripción arquitectónica de sus edificios ni en los cambios urbanos producidos a lo largo de los siglos, aunque tengan su peso. Ni siquiera en el nombre con que algún munícipe reformador las bautizó en su día, nombres que siempre evocan gentes o hechos respetables u olvidables según cada cual. A mi entender los datos fundamentales que marcan el carácter de una calle están sobre todo en las gentes que la habitaron, las peripecias que vivieron en ella, y las relaciones que los unieron o separaron en cada momento de la historia. Es raro encontrar una confluencia de todas estas características, pero cuando se dan en un lugar determinado de cualquier ciudad actúan como un sortilegio que destila el aroma de lo que en ellas sucedió en un tiempo pasado que llega hasta el presente. Recorrerlas con los ojos cerrados, o abiertos a la memoria, que viene a ser lo mismo pero distinto, permiten recuperar el palpito de la historia. En este sentido existe un rincón madrileño paradigmatico de ese poder evocador que tienen ciertas calles para hacernos revivir el tiempo que se fue a través de las personas que las pisaron.

Antes callejón, pasadizo o travesía que auténtica calle, la dedicada a Francisco deQuevedo en el madrileño Barrio de las Letras resume en sus poco más de cincuenta metros y nueve edificios la parte más oscura y desmitificadora de las glorias y miserias literarias y humanas del Siglo de Oro: las envidias, enfrentamientos, intrigas y enemistades de los maestros de la literatura que, a más de hermosos versos, novelas o comedias también sabían incluir el insulto, directo o disimulado, en sus obras y en sus vidas. También, justo es decirlo, todo el enorme talento que les unió en la historia de la literatura por encima de sus diferencias personales.



En el solar del número nueve, en la esquina con la actual Lope de Vega y frente al convento de las Trinitarias, donde desde el siglo XVIII se levanta un edificio de cuatro pisos y en cuya planta baja se abre en la actualidad un restaurante que comparte nombre con la calle, estuvo en su día la casa de dos alturas que fue propiedad de Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580/1645), madrileño de pro, literato insigne y ciudadano intrigante y alborotador, que vivió en ella una temporada. Así lo certifica al menos la placa colocada en la fachada en 1945 por el entonces alcalde de Madrid, Alberto Alcacoer y Ribacoba, que hoy sigue contando con calle en la capital, pese a ser hombre aficionado a las dictaduras, pues ya había ocupado el cargo en la de Primo de Ribera y ahora repetía en la de Franco.

No dice el recordatorio, sin embargo, que también allí se había alojado Don Luis de Góngora y Argote (1561/1627), cordobés en este caso. Igual de insigne como literato que su contemporáneo, de similar capacidad de intriga, aunque menos alborotador, y, sobre todo, con menor afición a desenvainar la espada, Góngora se hubiera levantado de su tumba de haber podido saber que con esa placa no sólo se homenajeaba a su mayor antagonista sino que, sobre todo, se le ignoraba a él por completo, lo que a su entender hubiera remachado la ofensa.

Las desavenencias entre ambos genios fueron históricas y continuadas. En el terreno poético compartían el gusto contrapuesto por las más retorcidas metáforas culteranas y la sencillez de la copla popular, muchas veces denunciadora de las tropelías del poder, y uno y otro llevaron a cabo sendas obras de enorme magnitud. Dos genios de tal calibre compitiendo por la gloria literaria de cual de ellos ostentaba el título de primer poeta del reino no podían terminar sino en el encontronazo.

Ya en 1603, cuando el madrileño tenía 23 años y el cordobés había pasado de los 40, Quevedo, quizás en su papel de discípulo que se vuelve contra su maestro, acusó a Góngora de judío y plagiario en aquel famoso soneto que comienza: “yo te untaré mis versos de tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla”, y que acaba en puro insulto: “apenas hombre, sacerdote indino”. Talento despreciativo el del madrileño que para sí quisieran los políticos actuales y que a veces alcanzó tono de abierta grosería: “éste, en quien hoy los pedos son sirenas,/ éste es el culo, en Góngora y en culto,/ que un bujarrón le conociera apenas”.

En un arrebato de indignación y culteranismo, Góngora habría de contestarle con aquel otro malévolo soneto que empieza: “Anacreonte español, no hay quien os tope”. Insulto sutil y brutal a un tiempo que precisa de un viaje a la enciclopedia para saber de Anacreonte, poeta griego (577/485aC), hedonista, bisexual, glotón y borracho. Cualidad esta última –a más de su cojera--  que el de Córdoba no se recató en denunciar de su enemigo para cerrar el poema: “A San Trago camina, donde llega, / que tanto anda el cojo como el sano”. Mas oblicuo Góngora que Quevedo, ambos parece ser que compartían mala leche.

Como sea que el odio mutuo no se limitara a la literatura, sino que al parecer lo arrastraron hasta su vida privada, volvamos de nuevo a la calle de marras, escenario del enfrentamiento real más duro y determinante entre ambos poetas, buen indicativo de la inquina que se tenían. Cuentan sus biógrafos que Góngora, a más de poeta y dramaturgo excelso, ejercía de sacerdote sin vocación, era dado a los líos de faldas y sentía pasión irreprimible por los juegos de azar --ludópata se diría hoy en día--, virtudes que le tenían siempre la bolsa a dos velas. Para satisfacer tal vez su afición a las cartas y al mismo tiempo paliar la escasez de dinero, ni corto ni perezoso el cordobés decidió abrir en aquella vivienda alquilada a su rival nada menos que lo que entonces se disimulaba llamándolo “casa de conversación” y que en la actualidad sería “timba” o “garito”, negocio azaroso que acabó de hundir sus finanzas personales.

Justo en ese momento, la Corte se trasladó a Madrid en 1.625 a Madrid, y con ella Quevedo, siempre tan dado a intrigar con o contra los poderosos, regresó al lugar de su nacimiento. Propietario de la vivienda, Quevedo se portó con Góngora a la manera de cualquier inmobiliaria actual con un inquilino deudor: le puso de patitas en la calle con sus cuatro muebles. Ni que decir tiene que el desahucio volvió a inspirar a las musas para nuevas diatribas envenenadas en una y otra dirección.



A mayor abundamiento de odios, celos y peleas entre literatos de los que fue escenario la actual Calle de Quevedo (entonces llamada del Niño, por una imagen con fama de santa que allí dicen se encontraba, y aún luego del Buen Pastor), baste decir que linda en su comienzo con la dedicada a Cervantes (conocida hasta 1835 como Calle Francos) y acaba en la de Lope de Vega (que cambió su nombre original de Cantarranas en 1844), tan insignes escritores ambos como enemigos declarados, aunque en este caso los desprecios e insultos apenas pasaran al papel impreso. 

Miguel de Cervantes Saavedra (1547/1616), aclamado por su Quijote, fue ignorado, sin embargo, como dramaturgo, su aspiración más ferviente, pues eran los escenarios los que reportaban dinero, lo que le hizo llegar a la vejez pobre, amargado y frustrado, celoso del autor que creía le había robado el éxito. No era otro el contrario que Félix Lope de Vega y Carpio (1562/1635), triunfador en todos los corrales de comedias, idolatrado por el público, conquistador de las mujeres más bellas, respetado por la nobleza y vanidoso hasta el punto del desprecio. Amigos al principio, su relación se agrió con los celos y las envidias para recomponerse apenas cuando se acercaba la muerte de Cervantes en 1616. No se hicieron perrerías mutuas, al menos que se sepa, pero sus celos y disputas fueron motivo de permanente cotilleo en parnasos literarios y círculos mundanos.

Decir que a los encargados de poner nombre a las calles se les cruzaron los cables cuando bautizaron las dedicadas a los escritores del Siglo de Oro no debe estar muy lejos de la realidad, porque no dieron una en el clavo. Trastocando nombres y lugares, a Cervantes le asignaron aquella en la que estaba, y aún esta, y se puede visitar, la vivienda en la que Lope había residido los últimos 25 años de su vida. Para fomentar aún más el enfrentamiento póstumo entre los dos literatos, a la hora de repartir calles a Lope de Vega le tocó en suerte la vía en la que estaba situado el Convento de las Trinitarias, lugar en el que, al parecer, fue enterrado el cuerpo sin alma de Cervantes. Pudieron haberle dado a cada cual lo suyo y todos contentos, pero no: a Lope le concedieron la de la tumba de Cervantes, y a este la de la casa de aquel.

Por fortuna en la actualidad se ha reparado alguno de aquellos desaguisados. En una placa metálica colocada ahora entre las losetas de la calzada de la Calle Quevedo, se hace justicia a la historia recordando que también Góngora residió allí. Además, igualmente se indica que en el número cinco nació José Echegaray y Eizaguirre (1832/1916), ingeniero de Puertos Canales y Caminos, matemático, político, y, sobre todo, dramaturgo de inmenso éxito en su momento y olvidado por la posterioridad; por mucho que fuera el primer español en obtener el premio Nobel de Literatura en 1904. Echegaray cuenta con calle propia un poco más arriba, cerca ya de la Puerta del Sol, rincón madrileño que en tiempos de dictadura gozó de la peor fama posible por ser sus bares sede de trabajo de prostitutas clandestinas. En realidad esos usos licenciosos no eran una consecuencia del franquismo, sino que venían de antiguo, pues desde muy al principio del hoy Barrio de las Letras estuvieron sus calles estuvieron bien provistas de tabernas, fondas, mentideros, prostíbulos, casas de conversación y corrales de comedias, haciendo más fácil de los cómicos y literatos que pululaban por ellas.

Entrado ya el siglo XXI y convertido el barrio en sede permanente de divertimento nocturno, la mínima Calle de Quevedo merece la visita de los cazadores de sensaciones, especialmente en horas de medio día o bien avanzada ya la noche, cuando ya se han ido a sus nichos hoteleros los cazadores de fotografías, pues en su breve recorrido aún permite, con imaginación, respirar el mismo aire que respiraron aquellos genios que por ella transitaron y en ella se dieron de trompadas.

Si no es por eso, la Calle de Quevedo apenas ofrece otra excusa para visitarla de los tres restaurantes que la habitan. El ya citado “Quevedo” en la esquina con Lope de Vega, el gallego “Pereira” en la de Cervantes, y el vasco “Zerain”, grande y lujoso, que ocupa toda la planta baja del número tres. Eso sí, en el número uno siempre se puede comprar un cupón de la ONCE, que allí tiene su Dirección General, y esperar a que toque la suerte.