miércoles, 14 de junio de 2017

DISPUTAS LITERARIAS EN LA MADRILEÑA CALLE DE QUEVEDO

Genios a la greña
Disputas literarias en la madrileña Calle de Quevedo









Las calles tienen biografías, que contra lo que se pudiera pensar no están sólo en la descripción arquitectónica de sus edificios ni en los cambios urbanos producidos a lo largo de los siglos, aunque tengan su peso. Ni siquiera en el nombre con que algún munícipe reformador las bautizó en su día, nombres que siempre evocan gentes o hechos respetables u olvidables según cada cual. A mi entender los datos fundamentales que marcan el carácter de una calle están sobre todo en las gentes que la habitaron, las peripecias que vivieron en ella, y las relaciones que los unieron o separaron en cada momento de la historia. Es raro encontrar una confluencia de todas estas características, pero cuando se dan en un lugar determinado de cualquier ciudad actúan como un sortilegio que destila el aroma de lo que en ellas sucedió en un tiempo pasado que llega hasta el presente. Recorrerlas con los ojos cerrados, o abiertos a la memoria, que viene a ser lo mismo pero distinto, permiten recuperar el palpito de la historia. En este sentido existe un rincón madrileño paradigmatico de ese poder evocador que tienen ciertas calles para hacernos revivir el tiempo que se fue a través de las personas que las pisaron.

Antes callejón, pasadizo o travesía que auténtica calle, la dedicada a Francisco deQuevedo en el madrileño Barrio de las Letras resume en sus poco más de cincuenta metros y nueve edificios la parte más oscura y desmitificadora de las glorias y miserias literarias y humanas del Siglo de Oro: las envidias, enfrentamientos, intrigas y enemistades de los maestros de la literatura que, a más de hermosos versos, novelas o comedias también sabían incluir el insulto, directo o disimulado, en sus obras y en sus vidas. También, justo es decirlo, todo el enorme talento que les unió en la historia de la literatura por encima de sus diferencias personales.



En el solar del número nueve, en la esquina con la actual Lope de Vega y frente al convento de las Trinitarias, donde desde el siglo XVIII se levanta un edificio de cuatro pisos y en cuya planta baja se abre en la actualidad un restaurante que comparte nombre con la calle, estuvo en su día la casa de dos alturas que fue propiedad de Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580/1645), madrileño de pro, literato insigne y ciudadano intrigante y alborotador, que vivió en ella una temporada. Así lo certifica al menos la placa colocada en la fachada en 1945 por el entonces alcalde de Madrid, Alberto Alcacoer y Ribacoba, que hoy sigue contando con calle en la capital, pese a ser hombre aficionado a las dictaduras, pues ya había ocupado el cargo en la de Primo de Ribera y ahora repetía en la de Franco.

No dice el recordatorio, sin embargo, que también allí se había alojado Don Luis de Góngora y Argote (1561/1627), cordobés en este caso. Igual de insigne como literato que su contemporáneo, de similar capacidad de intriga, aunque menos alborotador, y, sobre todo, con menor afición a desenvainar la espada, Góngora se hubiera levantado de su tumba de haber podido saber que con esa placa no sólo se homenajeaba a su mayor antagonista sino que, sobre todo, se le ignoraba a él por completo, lo que a su entender hubiera remachado la ofensa.

Las desavenencias entre ambos genios fueron históricas y continuadas. En el terreno poético compartían el gusto contrapuesto por las más retorcidas metáforas culteranas y la sencillez de la copla popular, muchas veces denunciadora de las tropelías del poder, y uno y otro llevaron a cabo sendas obras de enorme magnitud. Dos genios de tal calibre compitiendo por la gloria literaria de cual de ellos ostentaba el título de primer poeta del reino no podían terminar sino en el encontronazo.

Ya en 1603, cuando el madrileño tenía 23 años y el cordobés había pasado de los 40, Quevedo, quizás en su papel de discípulo que se vuelve contra su maestro, acusó a Góngora de judío y plagiario en aquel famoso soneto que comienza: “yo te untaré mis versos de tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla”, y que acaba en puro insulto: “apenas hombre, sacerdote indino”. Talento despreciativo el del madrileño que para sí quisieran los políticos actuales y que a veces alcanzó tono de abierta grosería: “éste, en quien hoy los pedos son sirenas,/ éste es el culo, en Góngora y en culto,/ que un bujarrón le conociera apenas”.

En un arrebato de indignación y culteranismo, Góngora habría de contestarle con aquel otro malévolo soneto que empieza: “Anacreonte español, no hay quien os tope”. Insulto sutil y brutal a un tiempo que precisa de un viaje a la enciclopedia para saber de Anacreonte, poeta griego (577/485aC), hedonista, bisexual, glotón y borracho. Cualidad esta última –a más de su cojera--  que el de Córdoba no se recató en denunciar de su enemigo para cerrar el poema: “A San Trago camina, donde llega, / que tanto anda el cojo como el sano”. Mas oblicuo Góngora que Quevedo, ambos parece ser que compartían mala leche.

Como sea que el odio mutuo no se limitara a la literatura, sino que al parecer lo arrastraron hasta su vida privada, volvamos de nuevo a la calle de marras, escenario del enfrentamiento real más duro y determinante entre ambos poetas, buen indicativo de la inquina que se tenían. Cuentan sus biógrafos que Góngora, a más de poeta y dramaturgo excelso, ejercía de sacerdote sin vocación, era dado a los líos de faldas y sentía pasión irreprimible por los juegos de azar --ludópata se diría hoy en día--, virtudes que le tenían siempre la bolsa a dos velas. Para satisfacer tal vez su afición a las cartas y al mismo tiempo paliar la escasez de dinero, ni corto ni perezoso el cordobés decidió abrir en aquella vivienda alquilada a su rival nada menos que lo que entonces se disimulaba llamándolo “casa de conversación” y que en la actualidad sería “timba” o “garito”, negocio azaroso que acabó de hundir sus finanzas personales.

Justo en ese momento, la Corte se trasladó a Madrid en 1.625 a Madrid, y con ella Quevedo, siempre tan dado a intrigar con o contra los poderosos, regresó al lugar de su nacimiento. Propietario de la vivienda, Quevedo se portó con Góngora a la manera de cualquier inmobiliaria actual con un inquilino deudor: le puso de patitas en la calle con sus cuatro muebles. Ni que decir tiene que el desahucio volvió a inspirar a las musas para nuevas diatribas envenenadas en una y otra dirección.



A mayor abundamiento de odios, celos y peleas entre literatos de los que fue escenario la actual Calle de Quevedo (entonces llamada del Niño, por una imagen con fama de santa que allí dicen se encontraba, y aún luego del Buen Pastor), baste decir que linda en su comienzo con la dedicada a Cervantes (conocida hasta 1835 como Calle Francos) y acaba en la de Lope de Vega (que cambió su nombre original de Cantarranas en 1844), tan insignes escritores ambos como enemigos declarados, aunque en este caso los desprecios e insultos apenas pasaran al papel impreso. 

Miguel de Cervantes Saavedra (1547/1616), aclamado por su Quijote, fue ignorado, sin embargo, como dramaturgo, su aspiración más ferviente, pues eran los escenarios los que reportaban dinero, lo que le hizo llegar a la vejez pobre, amargado y frustrado, celoso del autor que creía le había robado el éxito. No era otro el contrario que Félix Lope de Vega y Carpio (1562/1635), triunfador en todos los corrales de comedias, idolatrado por el público, conquistador de las mujeres más bellas, respetado por la nobleza y vanidoso hasta el punto del desprecio. Amigos al principio, su relación se agrió con los celos y las envidias para recomponerse apenas cuando se acercaba la muerte de Cervantes en 1616. No se hicieron perrerías mutuas, al menos que se sepa, pero sus celos y disputas fueron motivo de permanente cotilleo en parnasos literarios y círculos mundanos.

Decir que a los encargados de poner nombre a las calles se les cruzaron los cables cuando bautizaron las dedicadas a los escritores del Siglo de Oro no debe estar muy lejos de la realidad, porque no dieron una en el clavo. Trastocando nombres y lugares, a Cervantes le asignaron aquella en la que estaba, y aún esta, y se puede visitar, la vivienda en la que Lope había residido los últimos 25 años de su vida. Para fomentar aún más el enfrentamiento póstumo entre los dos literatos, a la hora de repartir calles a Lope de Vega le tocó en suerte la vía en la que estaba situado el Convento de las Trinitarias, lugar en el que, al parecer, fue enterrado el cuerpo sin alma de Cervantes. Pudieron haberle dado a cada cual lo suyo y todos contentos, pero no: a Lope le concedieron la de la tumba de Cervantes, y a este la de la casa de aquel.

Por fortuna en la actualidad se ha reparado alguno de aquellos desaguisados. En una placa metálica colocada ahora entre las losetas de la calzada de la Calle Quevedo, se hace justicia a la historia recordando que también Góngora residió allí. Además, igualmente se indica que en el número cinco nació José Echegaray y Eizaguirre (1832/1916), ingeniero de Puertos Canales y Caminos, matemático, político, y, sobre todo, dramaturgo de inmenso éxito en su momento y olvidado por la posterioridad; por mucho que fuera el primer español en obtener el premio Nobel de Literatura en 1904. Echegaray cuenta con calle propia un poco más arriba, cerca ya de la Puerta del Sol, rincón madrileño que en tiempos de dictadura gozó de la peor fama posible por ser sus bares sede de trabajo de prostitutas clandestinas. En realidad esos usos licenciosos no eran una consecuencia del franquismo, sino que venían de antiguo, pues desde muy al principio del hoy Barrio de las Letras estuvieron sus calles estuvieron bien provistas de tabernas, fondas, mentideros, prostíbulos, casas de conversación y corrales de comedias, haciendo más fácil de los cómicos y literatos que pululaban por ellas.

Entrado ya el siglo XXI y convertido el barrio en sede permanente de divertimento nocturno, la mínima Calle de Quevedo merece la visita de los cazadores de sensaciones, especialmente en horas de medio día o bien avanzada ya la noche, cuando ya se han ido a sus nichos hoteleros los cazadores de fotografías, pues en su breve recorrido aún permite, con imaginación, respirar el mismo aire que respiraron aquellos genios que por ella transitaron y en ella se dieron de trompadas.

Si no es por eso, la Calle de Quevedo apenas ofrece otra excusa para visitarla de los tres restaurantes que la habitan. El ya citado “Quevedo” en la esquina con Lope de Vega, el gallego “Pereira” en la de Cervantes, y el vasco “Zerain”, grande y lujoso, que ocupa toda la planta baja del número tres. Eso sí, en el número uno siempre se puede comprar un cupón de la ONCE, que allí tiene su Dirección General, y esperar a que toque la suerte.











martes, 16 de mayo de 2017

RAIMON EN EL MADRID FRANQUISTA

Venturas y desventuras de Raimon en aquel Madrid franquista







“Qui perd els orígens
perd identitat”

“Jo vinc d'un silenci”



La primera vez desde 1939 que en Madrid se pudo escuchar el catalán sobre un escenario fue, casi con toda seguridad, el 1 de noviembre de 1965. Ahora, cuando Raimon está cerrando su carrera musical en el Palau, bueno será que desde aquel mismo Madrid, pero 52 años después, recordemos que quién primero nos hizo escuchar a los madrileños la lengua de Ausias March o Salvador Espriu fue él. Y de paso, comprobar lo poco que le gustaban a Franco sus cantos. En cualquier sitio en general, pero en la capital del reino especialmente.

Es un dato aceptado casi universalmente que el primer recital de Raimon en Madrid tuvo lugar en la Facultad de Económicas de la Universidad de Madrid el 18 de mayo de 1968, aquel que acabó como el rosario de la aurora y que dio lugar a una inspiradísima canción. Sin embargo es una pista falsa, pues en realidad el cantautor había actuado ya en Madrid dos años y medio antes, en un problemático concierto organizado por el Club de Amigos de la Unesco de Madrid (CAUM), un centro cultural progresista y antifranquista fundado en 1961, pionero de la gran cantidad de centros similares que inmediatamente se abrieron por todo el Estado, también en Barcelona.

La idea era difundir “El Correo de la UNESCO”, la revista mensual en castellano de la  Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, que aunque apolítica y básicamente antropológica y científica significaba en aquella España de la Dictadura un soplo de libertad y conocimiento. Con aquel acto pretendían ofrecer una idea exacta de lo que era la asociación, sus objetivos y sus principios. En la primera parte estaba previsto proyectar un documental sobre la Unesco, seguido de un recital sobre “La poesía y la Paz”, con textos de Pedro Salinas, Miguel Hernández, Ángela Figueras, Ramón de Garciasol y Nicolás Guillén que declamarían los actores del grupo teatral del Club, y la escenificación de un cuadro de la obra “Historias para ser contadas”, del argentino Osvaldo Dragún, entonces una promesa y luego una brillante realidad del nuevo teatro latinoamericano.

Pero el número fuerte, sin embargo, el que debía ser el principal atractivo de cara al público joven y comprometido al que se quería llegar con el espectáculo, era la presentación en Madrid del cantautor valenciano Raimon, que desde hacía un par de años había descubierto, primero a los catalanes y luego al resto de los españoles, que la canción no era sólo una forma de entretenerse o bailar, sino también de sentir, de denunciar y de expresar en versos y música lo que muchos pensaban en prosa. Así lo entendía desde luego el CAUM, que en su boletín, que se prohibiría pocos meses después, publicó un artículo que dejaba clara la identificación y el respeto por su obra apenas iniciada: “Faltaba una canción popular digna, sin concesiones ni memeces epilépticas y entontecedoras, una canción que aportase creadoramente, que hiciese de la poesía cantada un medio estimulante y renovador para la juventud, que pusiese letra y música al servicio del progreso humano, mediante la interpretación honesta de la realidad, con un sentido crítico, valiente y sano. Raimon, el poeta que canta para el pueblo, se ha ganado la simpatía de la juventud con sus canciones en catalán, convirtiéndose en ejemplo y guía de los que medran con sones facilones”, explicaba el artículo, que acababa con una selección, en el catalán original, de algunas estrofas de las canciones de Raimon, encabezadas por un fragmento de “Al vent”, que ya era todo un himno popular en los ámbitos políticos y culturales antifranquistas, no sólo los catalanes.



El CAUM estaba viviendo aquel año un proceso de rápida expansión, lo que, como era de temer despertó el ojo del policía que el régimen siempre tenía abierto, y decidieron celebrar un acto por todo lo alto. Ni cortos ni perezosos pidieron las autorizaciones oportunas y alquilaron nada menos que el Teatro de La Zarzuela, 1.200 localidades a 15 pesetas la butaca de patio. Desplegando todo el entusiasmo de que eran capaces, y eran capaces de mucho, los socios llenaron los muros de Madrid de enormes carteles anunciadores. Y Raimon como estrella.

Es imposible entender los criterios censores de aquel Ministerio de Información y Turismo, regido entonces por el ilustre superviviente profesional Don Manuel Fraga Iribarne, pero es de suponer que tanta actividad de aquellos rojos del CAUM y la mala fama que ya les merecía el valenciano debió romperles el colmo de su paciencia. Aquel lunes uno de noviembre todo estaba preparado, el aforo vendido por completo, Raimon en Madrid y el escenario con decorado propio, una multitud de siluetas recortadas que había diseñado para la ocasión el pintor Manuel Calvo, miembro de Estampa Popular y socio del Club. Un oficio de Gobernación dio por la mañana la orden de suspensión del acto. Sólo un descubierto legal --la posibilidad de cualquier asociación de convocar cualquier tipo de actos en la sede propia (desliz que pronto sería reparado)-- permitió que el recital finalmente se celebrara, aunque no ya en el teatro, sino en la sede del CAUM en el siete de la Plaza de Tirso de Molina.

A pesar de que hubo dificultades para comunicar el cambio de local, y de que al nuevo recital sólo estaba permitida la entrada de los socios del CAUM, mucho antes de la hora de comienzo el Club estaba ya hasta los topes. Todavía no se había acabado de colocar la decoración cuando comenzaron a llegar los primeros espectadores, que pronto llenaron el salón de actos y luego los pasillos hasta acabar por ocupar las escaleras, salir a la calle y desparramarse por la plaza. Fue preciso improvisar sobre la marcha unos altavoces que se colocaron en los balcones para que todos pudieran escuchar el recital.

Se cumplió el programa completo, aunque lo que sin duda se convirtió en un recuerdo imborrable para quienes asistieron fue la actuación de Raimon. En las imágenes que por fortuna quedaron de aquel momento casi se puede escuchar al cantautor, tan joven que no cumpliría los 25 años hasta el mes siguiente, que con el pie derecho subido en una silla de tijera y la guitarra apoyada en la pierna interpretó ocho de sus canciones más populares, de entonces y de después: “Ahir (Diguem no)”, “Al vent”, “Som”, “La pedra”, “La nit”, “Canço de les mans”, “D’un temps, d’un país”, y “Cantarem la vida”. 







Los asistentes aplaudieron hasta romperse las manos, acompañaron con sus voces algunos de los temas y al final se arremolinaron ante el cantante para que les firmara algunos de aquellos primeros discos que ya había grabado. En la calle, escondidos a la vuelta de la esquina, una furgoneta de la policía y varios agentes uniformados vigilaban que la cosa no se saliera de madre. Habría que ver cuantos sociales de paisano circulaban entre la gente con el oído atento y la pistola dispuesta. No hubieran hecho falta, pues nada pasó, pero allí estaban. Por si acaso.

A Fraga debió parecerle brillante aquella idea de prohibir el recital del Teatro de la Zarzuela, pensando quizás que dejándolo en acto interno perdería su mordiente, pero el tiro le salió por la culata. La voz de Raimon no se silenció en Madrid por ello, sino que se amplificó en los años siguientes, y el CAUM, por su parte, en lugar de reducir su presencia social, la aumento, pese a la ola de prohibiciones y cierres que seguirían. Por dar sólo dato: aquel mismo día, probablemente con la motivación principal de escuchar a Raimon, se inscribieron en el Club 47 nuevos socios, condición indispensable para asistir al acto. Entre ellos figuraban algunos cuyos nombres se harían populares con el tiempo, como el autor de historietas dibujadas, escritor y profesor universitario Iván Tubau, el sociólogo Vidal de Nicolás, el periodista y novelista Javier Alfaya, Sabina de la Cruz, esposa del poeta Blas de Otero, o José Luis Núñez, que con el sobrenombre de Patri ocuparía un lugar destacado en la creación de los primeros despachos laboralistas, en la organización de abogados del PCE y en su posterior Grupo Parlamentario.


En la calle, la gente escucha por los altavoces de los balcones,
a la vuelta de la esquina la policía vigila

La verdad, hay que insistir en ello, es que al franquismo no le gustaba Raimon, como sigue sin gustarles a sus continuadores. Ese es un galardón ganado a pulso por el cantautor que nadie puede menospreciar. Ninguno de sus tres recitales madrileños de aquellos años estuvo libre de problemas, represión y prohibiciones. Los tres fueron, pese a ello, gritos de libertad que tuvieron singular resonancia en la vida cultural y política de Madrid y alrededores.

Ya hemos visto, quizás con demasiado detenimiento, aunque se lo merezca por lo desconocido, lo sucedido aquel 1 de noviembre de 1965, pero no hay que echar en saco roto el 18 de mayo de 1968 y la presencia de Raimon en la Facultad de Económicas. Lo había organizado el SDEUM (Sindicato Democrático de la Universidad de Madrid) y los estudiantes, en un momento álgido de su lucha, asistieron en masa, escucharon con fervor, cantaron con entusiasmo y luego se desparramaron por el Campus exigiendo justicia y libertad. Quien mejor lo contó, naturalmente, fue el propio cantautor.




O seis años después, cuando recién muerto el dictador abarrotó el Palacio de Deportes, y con toda la oposición política democrática en la primera fila, de los todavía clandestinos comunistas a los ya semilegales democristianos, desafió a los agonizantes continuadores del dictador que daban sus últimos pero violentas dentelladas. Si dio, y por fortuna se grabó, el primero de los cuatro recitales previstos, pero se prohibieron los otros tres que estaban programados.

En estos días de despedida de los escenarios, los madrileños --o algunos al menos, como servidor-- debemos mostrar nuestro agradecimiento a Raimon. A más de por la excelente calidad de su obra, que en un artista es siempre lo primero, por haber estado siempre ahí. Antes, en los tiempos difíciles, poniendo Catalunya ante nosotros, su cultura, su poesía, su idioma, su historia, sus gentes, su propia existencia. Luego, en años no tan fáciles como deberían haber sido, aparte de por haber seguido componiendo y cantado excelentes canciones, por haber continuado ahí, sin perder los orígenes, sin perder la identidad. Gracias, compañero, ya quedamos cualquier día en algún hogar del jubilado y nos echamos unos cotilleos.




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Este artículo ha sido publicado originalmente en el Boletín de la Fundació Alternativa de Catalunya.
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Fotografías: Manuel de Cos Borbolla (Rábago, Cantabria, 1920). Socio fundador del CAUM, soldado de la República, preso político, guerrillero y militante clandestino, comunista, pre-ecologista y fotógrafo.

Por ese tiempo que Raimon cantaba en Madrid, De Cos, comercial de profesión, había descubierto una verdadera vocación por la fotografía, especialmente en el terreno de la documentación de la actividad de los partidos y organizaciones de la izquierda española y de la conservación de la naturaleza. Fruto de esa vocación es un monumental archivo de imágenes sobre ambos temas, que llega hasta ahora mismo, con cientos de miles de fotografías y decenas de miles de horas de grabación en vídeo, digital y super 8. Buena parte de esa colección se conserva en la Biblioteca Nacional, la Fundación Botín y Comisiones Obreras.

En la fotografía adjunta, se le puede ver, casi en la actualidad, cuando ha incorporado a su arsenal fotográfico todos los adelantos técnicos más modernos, utilizando todavía su vieja cámara soviética, que tenía ya en aquella época y con la que probablemente hizo las fotos del reportaje. (Ver declaración autobiográfica y de principios)







lunes, 8 de mayo de 2017

Guerrilleros y clandestinos. Los otros republicanos españoles que liberaron París








La semana pasada se ha rendido en Madrid un merecidísimo homenaje a los republicanos españoles que participaron en la liberación de París en agosto de 1944 formando parte de La Nueve, la 9ª Compañía de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre que comandaba el general Leclerc. Cualquier monumento, calle o jardín que se dedique a recordar a aquel puñado de compatriotas que llevaron con honor su condición de españoles y republicanos por la practica totalidad de la guerra, desde El Chad y África del Norte hasta el Nido de Águila, el refugio bávaro de Hitler, pasando por París, será siempre una honra para la ciudad o el país donde se inaugure. Pero, sin embargo, me preocupa un tanto que bajo esos fastos a los libertadores integrados en el ejército aliado se siga ocultando la existencia de tantos y tantos republicanos españoles que lucharon y murieron en la clandestinidad de la guerrilla por liberar París, y toda Francia, del ocupante nazi. Esta es su historia.

La Partida” (Antonio Resines)
Malasaña


Con la ocupación de Catalunya por el ejército sublevado cerca de 500.000 españoles pasaron a Francia. Maltratados y humillados por los gendarmes fronterizos, fueron internados en campos de concentración, playas y castillos oreclutados a la fuerza en las Compañías de Trabajo o La Legión Extranjera. Tras que una parte de ellos regresara a la España franquista, bien por propia decisión, engañados o forzados, y otros se hubieran trasladado a Sudamérica o la Unión Soviética, cuando las tropas nazis invadieron Francia en mayo de 1940 aún quedaban en Francia alrededor de 140.000 republicanos españoles, 40.000 mujeres y niños y 100.000 hombres, la mayor parte de ellos experimentados soldados bregados en la batalla. El Gobierno francés pretendió dispersarlos y neutralizarlos, pero ellos se empeñaron en organizarse.


“Argeles Sur Mer” (Gómez/Resines)
Antonio Resines
Guitarra: Nacho Sáenz de Tejada

Sólo en la zona de París se calculó en algún momento que fueron 4.000 los españoles que participaron en la resistencia, incluso se habló de 7000, aunque estudiosos actuales, como Secundino Serrano[1], la reduzca a la más moderada cifra de 500. Muchos en todo caso. Muchos más de los que, en cualquier caso, deberían haber estado allí entonces, de no ser porque habían sido expulsados de su tierra por un fascismo igual al que apenas un año después volvía a amenazarles. Demasiados. Especialmente si se tiene en consideración que tanto el Gobierno colaboracionista de Vichy como las propias autoridades nazis habían prohibido residir en el distrito de París a los republicanos españoles, considerados desde el principio rojos peligrosos y levantiscos.,Y por cierto que eran peligrosos, se trataba de personas bregadas en la batalla, de firmes convicciones políticas y morales, y había que andarse con cuidado con ellos. Aquellos hombres y mujeres (que las hubo en gran número jugándose la vida cada día transportando armas, panfletos o consignas como enlaces y correos de las guerrillas) consideraban que su derrota en España no era definitiva, sino tan sólo una batalla perdida dentro de una lucha más amplia contra los fascismos internacionales, un preludio de la guerra mundial que ya estaba allí, y actuaron en consonancia. El total de guerrilleros españoles en toda Francia superaron los 10.000.

“Dulce muchacha” (Gómez/Resines)
Pablo Guerrero


La reacción de los exiliados españoles ante la ocupación de Francia fue instantánea, a tenor de los datos que existen al respecto. De hecho, la primera noticia de resistencia española que he encontrado tuvo lugar en el momento mismo de la invasión, en la frontera franco-belga, cuando un grupo de españoles de las Compañías de Trabajo tomaron las armas para enfrentarse a las tropas alemanas. Se agruparon bajo una bandera republicana.

El militante anarquista e historiador de la guerrilla Eduardo Pons Prades relataba en su fundamental “Republicanos Españoles en la 2ª Guerra Mundial”[2] varios ejemplos de estos resistentes iniciales que nos vienen al pelo para condensar la historia y recordar en qué condiciones se desarrollaba aquella lucha. Podría elegir otras fuentes, aunque no existan demasiadas, pero Pons Prades no sólo escribió un texto pionero sobre el tema (con “Los Olvidados[3], de Antonio Vilanova, aunque éste no se publicó nunca en España) que hoy sigue plenamente vigente, sino que no habla de oídas o leídas, sino de lo que conoció directamente lo que cuenta, pues él mismo fue jefe guerrillero:

Apenas terminada la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, con el armisticio de junio de 1940, la policía emprendió la búsqueda de José Miret Musté, ex dirigente del Partit Socialista Unificat de Catalunya, al que tenían como responsable, y no sin fundamento, de una campaña de propaganda bajo el lema: ‘Derrota-Combate-Revolución’. Casi tres años tardaron franceses y alemanes en localizarle y detenerle, deportándolo a Mauthausen. En uno de los ‘Komandos’ dependientes del campo de exterminio sería herido por un bombardeo aliado y asesinado al acto por los SS. Su hermano Conrad fue detenido en París en 1943 por la Gestapo y fusilado poco después. El segundo militante español de cierto relieve ejecutado por los alemanes será Buitrago, el cual, después de haber viajado por los cuatro puntos cardinales de la zona ocupada he incluso por las zonas prohibidas, donde la MOI (Mano de Obra Inmigrada, organización básicamente comunista que enroló a los resistentes extranjeros) había comenzado a organizar cadenas de evasión para recuperar escapados soviéticos y polacos de los campos de concentración. Caerá en manos de la Gestapo, sufrirá interrogatorio tras interrogatorio y torturas indecibles, siendo ejecutado a fines de 1942. Un luchador catalán, llamado José Roig, y cuya ejecución fue anunciada en carteles redactados en francés y en alemán había sido fusilado en el verano de 1941. Se le acusaba de ser ‘un agente reclutador del ex general Charles De Gaulle’”.

En el otoño de 1942 tuvo lugar el primer contacto en París entre los españoles procedentes del MOI, que se habían organizado por su cuenta en grupos de resistencia, y el Comité Militar Nacional de los Franco Tiradores Partisanos Franceses (FTPF), la organización comunista creada en 1941, que en la guerrilla parisina acabaría uniéndose a los pro-gaullistas del Consejo Nacional de la Resistencia y configurando juntos las Fuerzas Francesas del Interior (FFI), que se pondrían en marcha ya en 1944, en el último tramo de la guerra. Resulta lógica esa alineación de los españoles con sus afines. Aparte de la complicidad ideológica entre los comunistas franceses y estos grupos españoles, también había entre sus dirigentes y militantes relaciones y afinidades que se habían forjado en la guerra civil, en la que muchos de las ahora dirigentes antinazis franceses habían luchado en las Brigadas Internacionales.

Tal era el caso del máximo responsable de las FTPF parisinas en aquellos momentos, Joseph Epstein (Coronel Gilles), que había luchado en España y acabó fusilado por la Gestapo. También el de Pierre Georges (Coronel Fabien) uno de los jefes militares de la sublevación del pueblo parisino previa a la liberación, muerto poco después al intentar desactivar una mina en el campo de batalla, o el del mítico Henri Rol-Tanguy, comisario en España de la XIV Brigada Internacional y herido en la batalla del Ebro. El 25 de agosto de 1944 Rol-Tanguy sería, junto a los jefes militares franceses y estadounidenses, uno de los resistentes ante los que se rindió oficialmente el general Dietrich con Choltitz, jefe alemán del Gran París. Por cierto, los primeros que le habían detenido en su despacho, y ante los que no quiso rendirse por ser simples soldados y suboficiales, habían sido los españoles de La Nueve Francisco Sánchez, Antonio Navarro, Antonio Gutiérrez y Amado Granell.

Miguel Ángel Sanz, jefe guerrillero de la región de Languedoc, recordó posteriormente[4] los primeros atentados de los españoles, con granadas de mano, una vez integrados en las FTPF mandadas por Epstein:

“El primero fue contra un destacamento SS en plenos Campos Elíseos en julio de 1943. El segundo en un restaurante reservado a la oficialidad alemana, situado en la Avenida de la Grande Armeé, el 14 del mismo mes. Y el tercero contra una patrulla alemana, el 6 de octubre, en plena plaza del Odeón”.

Como se puede ver, fueron todas acciones realizadas en espacios públicos, con las calles llenas de gente, rodeados de guardias franceses, patrullas nazis y de los numerosos soldados alemanes que deambulaban por las calles parisinas no sólo para desfilar por ellas con paso marcial, sino también para pasear, emborracharse o irse de putas en su tiempo de asueto. No debía ser fácil tirar una bomba en estas circunstancias y salir indemne. Cada acción requería una buena información inicial, valor, disciplina y extremar las medidas de seguridad que permitieran la escapada. En cada operación participaban 20 guerrilleros, organizados en tres líneas de combate. La primera, dos o tres hombres, era la encargada de realizar materialmente el atentado. La segunda, repartida por las inmediaciones, informaba a los atacantes si sucedía algún imprevisto y los defendía en caso de necesidad. La tercera se encargaba de preparar y garantizar la retirada. No se trataba de brutales ataques indiscriminados contra víctimas inocentes ni la intención era crear desconcierto y caos, se trataba de acciones guerreras que se libraban cara a cara. No simples atentados de terroristas, sino verdaderas acciones militares de un ejército clandestino.

Para una mayor eficacia, la FTPF-MOI organizó comandos independientes que denominaron “destacamentos especiales” que gozaban de autonomía a la hora de planificar y realizar sus propias acciones, las más duras y directas, formados especialmente por guerrilleros de diferentes nacionalidades. En el que comandaba el obrero metalúrgico y poeta armenio Missak Manouchian, por ejemplo, había ocho polacos, cinco italianos, tres franceses, dos rumanos, dos armenios y dos húngaros. Además de un español. Todos fueron fusilados por los nazis.





Celestino Alfonso

Celestino Alfonso Matos había nacido en 1916 en el pueblo salmantino de Azaba. Precisamente un primero de mayo, fecha que bien pudo ser casualidad o ser predestinación, como le cantó Quintín Cabrera a su hijo Dayman, nacido en la misma fecha.

El hambre y las necesidades en que vivía la familia en el pueblo les obligaron a emigrar a Francia cuando el muchacho tenía apenas catorce años. En su nueva residencia, obligado como estaba a entenderse en un idioma que desconocía, el joven Celestino se integró rápidamente en la sociedad francesa, comenzando a trabajar como aprendiz de carpintero y muy pronto entro a formar parte de las Juventudes Comunistas, de las que le nombraron responsable de su localidad, Yvry-sur-Seine. Pero esta fácil integración no le hizo olvidar sus orígenes.

Cuando en 1936 los militares comandados por Franco se sublevaron contra La República poniendo en peligro su existencia, Celestino Alfonso volvió a cruzar la frontera, esta vez en sentido inverso, para alistarse en las Brigadas Internacionales, de las que fue sargento de ametralladoras, teniente, capitán y comisario político, luchando durante toda la guerra. En 1938 había sido herido en una mano, lo que le impedía manejar la ametralladora, por lo que fue destinado a Intendencia, en la que estuvo hasta el final. Tras pasar de nuevo a Francia como parte del exilio republicano en febrero de 1939, fue internado en el campo de Saint-Cyprien, del que se evadió. Dio comienzo entonces una nueva batalla en su vida.

Alfonso regresó a París, donde se integró en la resistencia, en la que fue conocido con el sobrenombre clandestino de Pierrot, siendo detenido y deportado a un campo en Alemania. Volvió a escaparse de allí tras seis meses de internamiento. En 1942, otra vez en la capital, entro a formar parte del Destacamento Especial comandado por Manussian.

La razón alegada por los nazis para ejecutarle junto a sus compañeros fue que Celestino Alfonso, calificado como “rojo español” había participado en siete atentados. En realidad fueron más. Nueve en concreto si nos atemos al diario de guerra del propio Destacamento Especial. Y esos, actuando en primera línea, pues fueron muchos más en los que estuvo en labores de vigilancia o retirada.

Fueron acciones arriesgas, audaces y valientes en las que Alfonso estuvo siempre en primera línea. Figuran entre ellas el ataque a un autocar lleno de marineros nazis, la ejecución de un delator a sueldo de la policía alemana, el asalto a la casa de una resistente detenida, custodiada por policías franceses y nazis, para recuperar documentos y una importante cantidad  de dinero que guardaba la camarada y que consiguieron rescatar, o el atentado contra un comandante, el 19 de agosto en el parque Monceau, que estuvo a punto de costarle la detención o la muerte cuando tras la ejecución pública debió huir perseguido por un numeroso grupo de policías que andaban por allí, de los que sólo pudo escapar gracias a la bicicleta preparada por el grupo de protección.

El 29 de septiembre de 1942 Celestino Alfonso realizó personalmente una operación de singular importancia política y militar que tuvo una enorme repercusión: la primera ejecución pública en París de un alto cargo del ejército ocupante.

El coronel de las SS Julius Ritter era el jefe del Servicio del Trabajo Obligatorio en Francia, que para la fecha ya había deportado a Alemania como obreros esclavos a 600.000 personas, y colaborador directo de Fritz Saukel, criminal de guerra condenado en los juicios de Nuremberg y ahorcado en 1946. También Ritter tuvo su juicio antes de la ejecución, aunque no fuera ante los tribunales aliados ya acabada la guerra, sino en medio de la batalla y ante los jueces del Comité Nacional Militar de los partisanos, que le juzgaron previamente y le condenaron a muerte, eso sí, es de suponer que sin mucho entusiasmo de su defensor, si es que lo tuvo. Las guerras son así.

Tras la investigación llevada a cabo por el propio Manouchian para conocer sus hábitos, costumbres e itinerarios se comprobó que todas las mañanas el coronel pasaba con su coche por delante del Congreso de los Diputados justo a las nueve menos cuarto. Se planificó el ataque y se encomendó su ejecución a tres guerrilleros, el italiano Spartaco Fontano, el polaco Marcel Rayman y Celestino Alfonso, encargado de disparar en primer lugar. En este punto hay que convenir que los jerarcas nazis en París eran ciertamente descuidados con su seguridad. Convencidos tal vez de ser dioses invencibles, circulaban por la ciudad en sus automóviles descapotables sin apenas protección ni escolta. Eduardo Pons Prades lo contó con la sequedad y tensión de una novela de José Giovanni:

“El alto jerarca alemán hacia el trayecto en automóvil. Iba sentado entre el chófer y su perrito. El coche torció lentamente hacia la calle Petrarque. Entonces Celestino Alfonso se acercó y disparó sobre Ritter. Este trató de abrir la portezuela y salir del coche, pero Alfonso siguió tirando sobre el jefe alemán hasta que lo vio caer muerte al lado del chofer, muerto también. Luego, protegido por sus compañeros, Alfonso se replegó por el itinerario previsto”.

La ejecución pública de Ritter tuvo una enorme repercusión y provocó no sólo una fuerte represión, con el asesinato de 50 rehenes franceses, sino que inquietó seriamente a los jerarcas alemanes, que comprendieron tal vez que debían tener cuidado con donde ponían el pie e implementaron nuevas medidas de seguridad ordenadas desde Berlín, al parecer, directamente por Heinrich Himmler.

En noviembre de 1943 la Gestapo realizó en Paris una serie de redadas sucesivas en las que se detuvieron a más de doscientas personas, entre los que se encontraban la totalidad de los 23 integrantes de la red Manousian. Después de sufrir tres meses de interrogatorios y torturas, los 22 hombres fueron fusilados el 21 de febrero de 1944. La única mujer del grupo, la rumana Olga Bancic, aún hubo de sufrir un tratamiento de refinado y cruel sadismo, siendo decapitada en Stuggart el 10 de mayo, la fecha exacta en que cumplía 32 años.




La construcción del mito

El crimen no significó el fin de la historia de Alfonso, Manouchian y sus camaradas. Los nazis pretendieron sacar partido propagandístico de la condena y ejecución de los miembros del grupo Manouchian y atemorizar a la población parisina. El día siguiente del fusilamiento las paredes y muros de la ciudad, y de otras de Francia, amanecieron cubiertas por un insólito cartel. Imitando la forma de un afiche cinematográfico, se reproducían en el las fotos, nombres y cargos imputados de cada uno, como si fueran los protagonistas de una película, junto a imágenes de distintos atentados que bien podían simulaban fotogramas del film. Todo ello sobre fondo rojo y con una leyenda doble: Arriba “¿Los libertadores?” y abajo “¡La liberación! Por EL EJÉRCITO DEL CRIMEN”. También se repartió una octavilla, con el cartel por una cara y en la otra las razones del crimen.

No obstante, tal exceso propagandístico se volvió en contra de sus promotores, pues acabó transformando la historia en leyenda haciéndola inmortal. Aquel cartel, bautizado pronto como L’Afiche rouge, se convirtió en símbolo no sólo de la gesta de Celestino Alfonso y sus camaradas, sino del conjunto de la resistencia francesa frente al ocupante nazi. Destacando el carácter extranjero de todos los fusilados, y el de judíos de buena parte de ellos, los responsable de la propaganda nazi pretendían tal vez aprovecharse del conocido chauvinismo francés y enfrentar a la población con la guerrilla; en cambio, despertaron la identificación y la solidaridad  popular que acabaron construyendo el mito.

La hazaña y el terrible final del grupo Manouchian se han transmitido a lo largo de los años y hasta hoy mismo no sólo a través de los estudios o artículos históricos, sino de la literatura, el cine o la canción. Ya en 1955 Louis Aragón publicó en L’Humanité, con motivo de la inauguración de una calle dedicada a ellos en París, su famoso poema “Strophes por se souvenir[5], en el que les homenajeaba parafraseando la última carta del propio Manouchian a su esposa. También Paul Eluard les dedicó su poema “Legión” y otros muchos poetas menores escribieron sobre su gesta. Con el título de “L’affiche rouge” Leo Ferre musicalizó en 1959 el texto de Aragón, convirtiéndolo en una canción de largo recorrido y numerosas versiones que hasta llegó a grabar en catalán Lluis Ribalta.

Al menos en dos ocasiones el cine ha abordado la historia del grupo Manouchian, además de los documentales dedicados al tema. En 1967 Frank Cassenti dirigió “L’affiche rouge”, que obtuvo el prestigioso premio Jean Vigo y en la que interpretaba a Celestino Alfonso el actor Roger (Rogelio) Ibáñez, hermano de Paco Ibáñez. Cuarenta y dos años después, Robert Guédiguian retomó la historia en “L’Armèe du crime”.



“Celestino Alfonso”
Antonio Gómez / Antonio Resines



El día de la liberación

Llegamos por fin a las 21.22 horas del 24 de agosto de 1944, el instante en que los primeros blindados de La Nueve irrumpieron como avanzadilla en la Plaza del Ayuntamiento de París, aunque para entender lo que estamos contando hay que remontarnos a unos días antes.

Las tropas aliadas habían desembarcado en Normandía el seis de junio, y los parisinos esperaban ansiosos su liberación, al igual que ya había sucedido en algunas importantes ciudades francesas, como Toulouse, liberada el 19 de aquel mismo mes, por cierto con una importante participación de guerrilleros españoles, que desfilaron por la localidad ese mismo día hondeando la bandera republicana. Los planes estratégicos de los Aliados eran distintos. Les preocupaba más llegar a Alemania antes del invierno que liberar las ciudades cercanas, que retrasaban en el avance y que esperaban que se rindieran por sí solas una vez cercadas. Naturalmente el pensamiento de los franceses era bien distinto, y el de los parisinos aún más. La ciudad (¡nada menos que la capital de Francia¡) llevaba cuatro años ocupada, cuatro años de penurias y miedo, de deportados, encarcelados y muertos, y su liberación, era no sólo una cuestión militar sino, sobre todo, un símbolo de gran importancia patriótica y política que habría de condicionar lo que pudiera suceder cuando se estuviera ya en una Francia libre.

Para aquel entonces ya se habían unificado en el Comité Nacional de la Resistencia los distintos grupos, desde los comunistas a los gaullistas pasando por otras organizaciones menores. Si bien coincidían en el objetivo final: expulsar a los nazis, discreparan en cambio en las tácticas a emplear para ello y, más aún, en sus objetivos para el futuro, en el que todos pretendían ser hegemónicos. El PCF y sus aliados, entre ellos los españoles del FTPF-MOI, que habían luchado con las armas en la mano desde el principio, tenían especial importancia y fuerza en el terreno guerrillero. Los gaullistas, en cambio, más partidarios de la acción propagandística que de la directamente armada, que también practicaron, contaban con la fuerza que tener de su lado al ejercito oficial de la Francia Libre, organizado en Londres por De Gaulle, y el enorme prestigio que le había dado al General sus llamamientos públicos a la lucha contra el invasor. De quién liberara París primero dependería en buena medida el equilibrio político posterior, que se preveía complicado. Unos pretendían que los libertadores fueran los tanques franceses, otros querían que fuera el propio pueblo parisino quién se liberara a sí mismo, o, al menos, que participara activamente en la liberación.

Las primeras movilizaciones previas a la liberación comenzaron el 13 de mayo con una huelga de ferroviarios que rápidamente se extendió a otros gremios, incluida la propia Policía francesa. El Comité Nacional de la Resistencia aprobó, con el voto en contra de la fracción gaullista, hacer un llamamiento general a la sublevación, que en forma de octavillas y pasquines llenó las calle de París a las 11 de la mañana (tanta precisión hay en los libros) del día 18. 

El coronel Rol Tanguy, que apenas contaba como jefe del aparato militar con 600 hombres armados, difundió ese mismo día un manifiesto de cinco puntos que daba buena cuenta de los objetivos del alzamiento:


“1.- Todas las fuerzas FFI patrullarán por París y la región a partir del día de hoy a las 12 horas.
2.- Todos los vehículos necesarios serán requisados para asegurar la movilidad de las patrullas.
3.- Los itinerarios y sus frecuencias se estableceran de forma que las patrullas puedan ayudarse mutuamente en caso de necesidad.
4.- Los edificios públicos, las fabricas, los almacenes generales, las centrales de cualquier tipo de comunicaciones (correos, teléfonos, telégrafos, estaciones, etc.) serán ocupados militarmente donde se disponga de fuerzas para ello.
5.- Las fuerzas FFI encuadran a todas las fuerzas de orden público, a las que se proveerá de un brazalete FFI. Debe tenerse presente que el éxito depende a menudo del número de fuerzas de que se dispone, por lo que se procederá inmediatamente a un reclutamiento masivo. Todos los hombres aptos deben ser incorporados a las FFI, cumpliendo así la Orden de Movilización General adjunta, que deberá ser impresa y difundida por todos los medios de la Región.
 La misión de las FFI de la metrópoli es abrir el camino de París a los ejércitos aliados victoriosos y acogerlos.


La ultima frase del llamamiento dejaba bien claro su objetivo político y militar, en tanto no hablaba de liberar la ciudad por sí solos, algo que Tanguy y sus compañeros sabían que era imposible por el equilibrio de fuerzas existente, sino de iniciar la batalla para desviar a las tropas aliadas de la ruta directa que tenían planeada y forzarlas a desviarse hacia París para liberarla.

Fuera como fuera el llamamiento a la sublevación se cumplió a rajatabla. El mismo día 18 tuvieron lugar las primeras escaramuzas esporádicas contra las patrullas nazis. El 20 se levantaron las primeras barricadas, esencialmente en los barrios obreros del cinturón industrial, y se comenzó a impedir la circulación de las patrullas alemanas atacándolas directamente. Los combates se intensificaron a partir del 21. Lo sublevados ocuparon alcaldías como las Montreuil y otros distritos, comisarías y dependencias oficiales y se hicieron fuertes en la misma Prefectura Nacional de Policía, que se convirtió en el centro de la lucha. En todas aquellas acciones participaron republicanos españoles, mezclados con los franceses en una mutua comunidad de intereses. Se puede rastrear su presencia en las batallas de la Plaza de la Concordia, de La Opera y La República, en la Escuela Militar y en las barricadas de todos los distritos. Incluso tuvieron sus muertos en combate, entre ellos José Barón Carreño (Robert), uno de los responsables del PCE en París y guerrillero de primera hora, que cayó en la Plaza de la Concordia bajos las balas alemanas. En 2004 se colocó en París una placa en su memoria.

A las seis de la mañana del día 23 los blindados del general Leclerc se pusieron en marcha directa hacia París, en la que entrarían finalmente al mediodía del 25 con los republicanos españoles de La Nueve en primera línea. Los guerrilleros siguieron batallando junto a los soldados hasta la liberación total de la ciudad. Lo primero que al parecer hicieron un numeroso grupo de resistentes españoles encabezados con Alberto Fernández, que luego escribiría un libro con sus recuerdos de la época[6], fue presentarse ante la Embajada de la España franquista en París y colgar en sus balcones la bandera tricolor. París estaba liberada. Quedaba España.



"La liberación de París"
Quintín Cabrera


Cien ciudades liberadas

Con toda la importancia política y simbólica de la liberación de París, no conviene olvidar el importante papel jugado por los resistentes españoles en la de toda Francia, en especial en los departamentos pirenaicos y mediterráneos gobernados por el gobierno colaboracionista de Vichy. Hasta cuatro divisiones propias llegaron a constituir los guerrilleros republicanos, divisiones que no eran ya pequeños grupos de acción directa sino auténticas aunque reducidas formaciones militares, dependientes de un Estado Mayor igualmente independiente de los franceses, aunque colaborador con ellos. Muchas fueron las grandes ciudades en cuya liberación los españoles tuvieron un papel importante y un comportamiento heroico: Lyon, Agen, Aix en Provence, Albi, Provence, Amèlia els Banys, Annecy, Avignon, Grenoble Lyon, Marsell,  Pau, Perpinyà, Clermont-Ferrand, Ales, La Bastide, Foix, Ceret, Champagnac, Grenoble, La Madeleine, Marsella, Montauban, Nantes, Nimes, Pau, Perpiñán, Poitiers, La Rochelle, Saint-Cyprien, Saint Malo, Toulouse, Toulón y así hasta alrededor de 100, incluidas Lourdes, la de la virgen milagrosa, y Vichy, la del agua con agujeros y el gobierno colaboracionista de Petain.

Miguel Ángel Sanz, basándose en los partes oficiales del Estado Mayor de las Fuerzas Francesas del Interior, los guerrilleros españoles obtuvieron los siguientes resultados en las acciones de guerra en que participaron.

·        Puentes destruidos: 150
·        Locomotoras deterioradas: 80
·        Líneas eléctricas saboteadas: 600
·        Ataques a fábricas: 20
·        Sabotajes importantes en minas de carbón: 22
·        Combates librados: 512
·        Prisioneros enemigos: 9 800
·        Muertos enemigos: 3000

Francia había sido liberada del yugo nazi, España seguía bajo el yugo franquista.


“El regreso”
A. Resines/Malasaña


Vuelta a empezar

Durante ocho días de octubre de 1944 las banderas republicanas hondearon en los mástiles de una parte de España, pequeña pero significativa.

Ya sabemos que para los republicanos españoles que combatieron en los diferentes frentes de la guerra mundial, fueran guerrilleros o soldados regulares, la lucha contra los nazis no era sino la segunda batalla de su personal guerra contra el fascismo. Aún quedaba por librar la tercera y definitiva, la que echaría a Franco del poder y acabaría con La Dictadura. Todos los partidos en el exilio, de la derecha republicana a la izquierda comunista y anarquista, coincidían en que los vencedores de la guerra les facilitaran la tarea, Al fin y al cabo Franco no era sino un fascista más, que había apoyado con entusiasmo a los ejércitos del Eje hasta que la guerra se volvió tan en su contra que no tuvo más remedio que hacerse el despistado si quería sobrevivir. Sin duda que todos hacia España, con similar cansancio y esperanza, deseando que llegara lo que tanto habían deseado en esos años inclementes de exilio. Sin embargo, unos y otros diferían en la forma de enfrentar la batalla final.

Crecidos probablemente por los grandes y rápidos éxitos obtenidos en la liberación de Francia, los comunistas consideraron que era el momento de atacar directamente. La operación la organizó el PCE a través de su organización pretendidamente unitaria que era la Unión Nacional Española (UNE), dirigida por Jesús Monzón, Carmen de Pedro y Manuel Azcarate, máximos dirigentes del partido en Francia durante toda la ocupación, y la llevó a cabo la  204ª División de Guerrilleros Españoles, integrada por doce brigadas con sus correspondientes batallones y compañías. La intención era no sólo liberar simbólicamente una parte del territorio español, sino, sobre todo, provocar con ello una rebelión popular, a la manera de las que habían vivido en Francia en los últimos meses, y forzar así la intervención aliada. Lo bautizaron como “Operación Reconquista de España”. Por desgracia salió mal.

A las seis de la mañana del 19 de octubre de 1944, entre cuatro y siete mil soldados del nuevo Ejercito de La República entraron en España por el valle de Aran. Iban pertrechados con una variada gama de armas: fusiles franceses, checos y alemanes, subfusiles y metralletas estadounidenses, algunos morteros y algún antiaéreo. Los tres primeros días el avance fue rápido, liberando varias pequeñas poblaciones en las hicieron hondear la bandera republicana. Sin embargo la batalla directa estaba perdida desde el primer momento, pues poco podían luchar los siete mil republicanos frente a los alrededor de 50.000 soldados que inmediatamente mando Franco a la zona comandados por los generales Yague y Moscardó, insignes héroes franquistas de la guerra civil. La llegada desde Sudamérica de Santiago Carrillo como nuevo responsable del partido en Francia, y la convicción de los jefes militares, Luis Fernández y Vicente López Tobar, ambos guerrilleros hasta hacia unas semanas, de que la situación era irresistible, llevó a la retirada definitiva el 27 del mismo mes.

Según el historiador Ferrán Sánchez Agustí[7], el intento de reconquista se saldo con 129 muertos, 241 heridos y 218 prisioneros entre la tropa republicana y 32 muertos y 216 heridos entra las fuerzas franquistas. Los supervivientes tomaron dos caminos opuestos para acabar confluyendo en el mismo sitio: la guerrilla española. Aquellas personas llevaban ocho años casi ininterumpidos con las armas en la mano, y cuando hubieran podido descansar después de tanta guerra, volver con sus padres, esposas o hijos, decidieron que aún quedaban batallas que librar y que ellos debían estar allí. Regresaron clandestinamente a España.

Existe una cumplida bibliografía sobre aquella etapa de las guerrillas en España, y a través de ella se pueden conocer diferentes historias de sus protagonistas que resultan dramáticas, heroicas, emocionantes, y siempre aleccionadoras. Resumiré todas ellas en una sola.




Se llamaba Cristino García Granda y había nacido en una pequeña población asturiana en 1913. Como les sucedió a tantos otros jóvenes de aquella época tan conflictiva, se concienció políticamente muy pronto, y con apenas 17 años ingresó en las Juventudes Comunistas. En 1934 participó en la rebelión de Asturias contra las políticas derechistas del gobierno de Gil Robles, motivo por el que tuvo que dejar tierra natal y oficio. El 18 de julio de 1936 le pilló en Sevilla, ejerciendo de fogonero a bordo del vapor Luis Adaro, y aprovechando el descontrol provocado por la sublevación militar consiguió hacerse con buque junto con sus compañeros marineros y conducirlo a Gijón, zona republicana. Ya en el ejército republicano, cuando cayó Asturias pudo huir a Catalunya, donde se enroló en el cuerpo de guerrilleros que actuaban detrás de las líneas fascistas, en el que ascendió a comandante. Cruzó la frontera con destino al exilio en febrero de 1939 y fue a parar directo a los campos de concentración franceses, de los que salió para ejercer de nuevo como minero y, de paso, organizar la resistencia contra los nazis.

Cristino García Granda dirigió, con el grado de teniente coronel del ejercito francés, la división de guerrilleros españoles instalados en los montes de Tarbes en los Altos Pirineos, aunque su campo de acción era mucho mayor, llegando a participar en operaciones en localidades a más de 300 kilómetros de su base. Algunas de sus batallas fueron míticas y permanecen imborrables en la historia de Francia.

La noche del 4 de febrero de 1944, al frente de un comando de españoles y franceses tomó por asalto la Prisión Central de Nimes, liberando a los numerosos camaradas encerrados allí por la policía de Vichy.

El 13 de Agosto asaltó con un grupo de 19 compatriotas una caravana de tropas alemanas formada por unos cincuenta camiones, a la que consiguió inmovilizar causándoles más de 70 bajas antes de retirarse sin un solo herido.

Seis días después, y seis antes de la liberación de París, el 19 de agosto, mandó las tropas guerrilleras que liberaron la ciudad de Foix.

El 25 de agosto, el grupo de 31 españoles y cuatro franceses que comandaba García Granda atacó cerca de la población de La Madelaine una columna de 1.550 alemanes que se dirigían a París para reforzar a las tropas nazis que estaban perdiendo París. Hay algo de especialmente significativo en esta batalla. Al rendirse incondicionalmente los alemanes tras varias horas de asedió, en las que se añadieron a los españoles 70 guerrilleros franceses, el jefe de la columna alemana, por nombre Konrad A. Nietzche, se suicidó, quizás humillado y avergonzado por haber sido derrotado por unas fuerza tan manifiestamente inferior, formada, además, por harapientos españoles. Ciertamente lo hizo de una forma espectacular: se desnudó, se roció con gasolina, se prendió fuego, confió la pistola y se voló la tapa de los sesos. La acción facilitó la liberación de La Madelaine, que desde entonces tiene en su cementerio una placa que celebra al valor y la solidaridad de Cristino y sus compañeros. Todos ellos fueron condecorados en octubre de 1956 por el Gobierno Frances con la Cruz de Guerra con Estrella de Plata.

El Valle de Aran, Francia y otra vez España, para dirigir la guerrilla urbana en Madrid sustituyendo a José Vitini, otro mando guerrillero en Francia que había sido fusilado en abril de 1945. Ciertamente la situación en España era muy diferente a la que él mismo había vivido, y en la que había luchado, en aquellos meses de la liberación de Francia. Aunque existiera un profundo sentimiento de rechazo al régimen entre los españoles que habían estado con la Republica, el miedo, la represión y el empobrecimiento podían más que cualquier desafección hacia Franco. Aunque hubiera casos heroicos de apoyo a la guerrilla, el pueblo no estaba para sublevaciones, si bien en muchas casas se brindara en Nochevieja por la muerte del Caudillo para el año que entraba. A diferencia de lo que ocurrió en otras zonas del país, como en Asturias y León, Aragón y Valencia o Extremadura, la guerrilla madrileña apenas pudo salir de sus primeros estadios organizativos, y sus operaciones fueron siempre modestas: asaltos a centros falangistas, colocación de bombas en transformadores y redes eléctricas, atentados contra connotados fascistas y golpes económicos. También, y eso resulta más doloroso y sólo comprensible en el ambiente profundamente estalinista en el que todavía se movía el PCE, ejecuciones de antiguos camaradas considerados ahora confidentes y traidores.

En septiembre de 1945 Cristino recibió la orden de asesinar a los exdirigentes comunistas madrileños caídos en desgracia Gabriel León Trilla y Alberto Pérez Ayala. La orden emanaba directamente, al parecer, de Santiago Carrillo, que aún no era secretario general pero que ya controlaba el PCE, sobre todo en Francia. Al parecer, la respuesta del guerrillero fue tajante: “Yo soy un revolucionario, no un asesino”, negándose a los asesinatos, que al final fueron ejecutados por miembros del grupo aunque sin su participación personal. Según alguno de sus colaboradores supervivientes, Cristino no se encontraba muy a gusto con aquella situación, llegando a comentarles: “El trabajo que estamos haciendo aquí en Madrid es bastante sucio y yo no sirvo para eso”. Es una declaración apócrifa y no sabemos si cierta, el protagonista no tuvo tiempo de confirmarla para la Historia.

Cristino García Granda fue detenido en la Plaza Mayor en compañía de dos camaradas el 18 de octubre de 1945, torturado salvajemente y juzgado por un Tribunal Militar en enero de 1946. Su actitud ante el tribunal no pudo ser más digna, coherente y valiente. A la acusación del fiscar de ser “bandoleros” respondió:

“El fiscal nos llama bandoleros. No, no lo somos. Los bandoleros son quienes nos acusan, quienes martirizan y matan de hambre al pueblo. Nosotros somos la vanguardia de la lucha del pueblo por la libertad. Este juicio es una farsa en la que se nos acusa de delitos que no hemos cometido. Pero tenéis prisa por deshaceros de nosotros. No queréis que el mundo vea nuestros cuerpos martirizados. Queréis ensuciar con este juicio al glorioso movimiento guerrillero. Podréis matarnos, porque para eso habéis asaltado el poder. Ese es vuestro oficio. Pero desde este banquillo, que muy pronto ocuparéis vosotros, yo, en nombre de mis compañeros, os digo: ¡Estamos orgullosos de pertenecer al movimiento guerrillero!”

Su defensor, otro militar de oficio que malditas las ganas que debía tener de defender a un comunista, no encontró otro argumento que decir que los guerrilleros habían venido “engañados” a España. Cristino explicó a los jueces:

“Es falso lo que dice el abogado, que nosotros somos gente engañada. Somos patriotas antifranquistas convencidos, que no hemos abandonado la lucha contra los verdugos que oprimen a nuestro pueblo. He sido herido cinco veces en la lucha contra los nazis y sus lacayos falangistas. Sé bien lo que me espera, pero declaro con orgullo que cien vidas que tuviera las pondría al servicio de la causa de mi pueblo y de mi patria.”

Ni las numerosas protestas de organizaciones francesas y de todo el mundo, ni las presiones periodísticas y ni la propia intercesión del gobierno de De Gaulle, que no podían comprender que un héroe de Francia fuera a ser fusilado en España por Franco, consiguieron aplacar la sed de sangre del Caudillo. Cristino García Granda y 11 compañeros, varios de ellos también procedentes de las guerrillas francesas, fueron fusilados finalmente el 21 de febrero de 1946.

Al día siguiente al asesinato, la Asamblea Nacional Francesa aprobó por unanimidad una moción conjunta de condena:

“La Asamblea Nacional Constituyente recibe, con indignado dolor, la noticia de la ejecución de Cristino García y de sus compañeros de lucha, fusilados por el odio a la libertad que poco ha habían defendido en nuestra tierra. La Asamblea traduce la protesta de la conciencia francesa ante esta nueva aplicación de métodos de represión condenados por el mundo civilizado. La Asamblea invita al Gobierno francés a que prepare su ruptura con el Gobierno de Franco. La libertad nace siempre de la sangre de los mártires”

El 25 de octubre, el ejercito concedió a Cristino García Granda la máxima condecoración militar francesa, la Cruz de Guerra con medalla de plata, a título póstumo, que le sería entregada oficialmente a sus camaradas seis meses después en un gran acto en el Velódromo de París, el lugar en el que durante la ocupación se recluyó a los judíos hasta su traslado a los campos nazis, por los ministros de Guerra y de Reconstrucción, François Billoux y Charles Tillón, ambos recientes resistentes. Las razones eran sobradas:

“Cristino García, teniente Coronel.
Resistente desde la primera hora, dotado de un alto espíritu de organización y de combate. Ha tenido bajo su mando las brigadas españolas de los departamentos de Lozere, Ardeche y Gard. Por sus repetidos ataques en la zona minera ha impedido el trabajo durante largos meses. Organizado del asalto a la cárcel de Nimes que liberó a los presos políticos. Bajo sus ordenes se ha liberado combate al enemigo en Gard, La Madelaine y en Prescrimet, haciendo en conjunto, a pesar de la desproporción de fuerzas y de material, 1.300 prisioneros a los alemanes y 600 muertos en el curso de los combates ordenados y dirigidos por este jefe de élite.”

Durante el proceso y tras la ejecución los periódicos franceses expresaron en sus titulares toda su rabia contra el asesinato del héroe:

Le Patriote: “Los partisanos del Alto Garona exponen su indignación por el nuevo asesinato que prepara Franco
La Voix du Peuple, el 31 de enero: “Francia debe salvar a Cristino García Granda, Francia debe intervenir inmediatamente
L’Humanitè, 5 de febrero: “Los sindicatos piden la detención de todo apoyo económico a Franco, el asesino
Front National, mismo día: “¿Dejaremos asesinar fríamente por Franco los mejores hijos de España? El gobierno de la República debe conceder a Cristino la nacionalidad francesa
France Nouvelle, 23 de febrero: “Liquidar a Franco, para nosotros los franceses, significa ejecutar a un enemigo.
Tele-Soir: “La ruptura con Franco no puede dilatarse más”.
Otros: “Ni relaciones comerciales ni diplomáticas”, “La CGT contra Franco

Como consecuencia de las numerosas protestas contra el asesinato de García Granda el Gobierno francés cerró durante dos años las fronteras con España.

Un último rasgo definitorio de Cristino: Antes de partir de Francia para atravesar clandestinamente la frontera y regresar a España a seguir luchando, lo último que hizo fue visitar en su residencia de Pau al músico Pau Casal, al que había tratado durante la ocupación manteniendo una relación de admiración y respeto mutuos devenidos en amistad. ¿De que pudieron hablar en aquella despedida el guerrillero de 31 años, que prácticamente no había tenido en su vida otra cosa en la mano que no fueran armas, y el culto, sensible y eximio violonchelista, casi ya un anciano de 68 años?




Recuento al hilo de la memoria

Cuando en 1969 Antonio Vilanova publicó en París su fundamental estudio sobre los exiliados españoles en la Francia ocupada lo tituló, significativamente, “Los olvidados”. En estos momentos de recordatorio y homenajes a los libertadores de París, el calificativo que se podría dar a los guerrilleros republicanos españoles que participaron en aquella gesta bien podría ser, como en una saga cinematográfica, “Los olvidados-2. Pero no siempre fue así.

Por seguir poniendo como ejemplo a Cristino García, si hoy se repasa el callejero de varias ciudades francesas, Saint Denis o La Madelaine, por ejemplo, se encontraran calles, placas y monolitos que llevan su nombre y recuerdan su gesta. O en el distrito X de París, cerca de La Porte de Montreuil, junto a la calle Émile Zona y la Avenida Jofree, donde se le dedicó una pequeña calle en curva.

Es casi un tópico considerar que los franceses ignoraron y ocultaron la importante participación de los republicanos españoles en la lucha contra los nazis y en las batallas de liberación. Es cierto a medias, y sólo sucedió posteriormente, cuando en el contexto de la guerra fría la historiografía gaullista magnificó la figura del general como El Gran Libertador y estableció que sólo los franceses habían echado de Francia a los ocupantes. Era sin duda un ejemplo de desmemoria histórica, porque sólo unos años antes, en el momento estelar del paseo de la victoria en París, habían sido los españoles de La Nueve los encargados de escoltar y proteger a De Gaulle durante el desfile. En el mismo sentido de reconocimiento por su lucha, en septiembre de ese mismo año en Nancy impuso de propia mano la Cruz de Guerra a tres de los españoles de la compañía, y Amadeo Granell, uno de sus más destacados integrantes, llegó a recibir La Legión de Honor.

Durante los primeros años de la liberación se sucedieron los homenajes a los guerrilleros republicanos españoles, aunque no tanto por parte de la Francia oficial, como de la civil representada por los compañeros franceses que habían compartido la lucha con ellos. Se erigieron monolitos en aquellas ciudades que habían liberado, se inauguraron placas y se bautizaron con su nombre calles, plazas o colegios que aún los llevan con orgullo. Todavía hace tan sólo unos años pude encontrar en el Museo de la Resistencia de Carcassone sus nombres, sus rostros y sus gestas. El olvido vino después, cuando los intereses políticos recomendaron tergiversar la historia real.

A ese olvido de la historiografía francesa es al que debía referirse Vilanova con su título, porque si a España se hubiera referido no hubiera podido hablar de olvidados, sino de ignorados. Durante el franquismo, los resistentes antinazis españoles en Francia no sólo no fueron reconocidos como tales, sino que se les consideró simplemente criminales y como a tales se les trató. No sólo olvidados e ignorados, sino vilipendiados.

Es de suponer que para muchos de ellos la muerte del Caudillo y la consiguiente democratización del país supusieran no sólo la oportunidad de acabar su largísimo exilio, sino también la de lograr la reivindicación de sus vidas y de su permanente lucha por conquistar la libertad para su patria. Lo consiguieron, una vez más, a medias y nunca apoyados por la España oficial, que tal vez temerosa de remover el pasado volvió a olvidarlos e ignorarlos de nuevo. Consideremos, por otro lado, la llegada al poder en 1982 de los socialistas de Felipe González, que hubieran tenido la obligación moral de reivindicarles, sometidos a una lógica oportunista y partidista reaccionaron como el mismísimo De Gaulle, estableciendo el principio antihistórico de que sólo ellos había traído la democracia a España, y que cualquier dato que alterara ese principio debía ser directamente ignorado. ¿El resultado?: "Los olvidados- 2"

Y sin embargo, los nuevos dirigentes de la España democrática tenían numerosa y fidedigna información sobre aquellos compatriotas que con tal valentía había defendido la dignidad de la patria republicano ante la barbarie nazi-franquista. En los últimos años 70 y primeros 80 se multiplicaron las publicaciones sobre el tema, bien fuera en libros que obtuvieron buena repercusión, de los cuales algunos van citados en estas páginas, pero a los que podríamos añadir varios más, como las obras de Teresa Pamies, Jose Gros, Monserrat Roig o Jorge Semprum, o en las numerosas entrevistas, artículos y memorias que se les dedicaron en periódicos y revistas de todo tipo. Los republicanos españoles exiliados en Francia y su gesta estaban ahí, a la vista de todos sólo a cambio del esfuerzo de querer verlo. Si quienes bien podían haber corregido aquel olvido los ignoraron de nuevo y pasaron por alto lo que sabían negándose a ver, deberían contabilizar este comportamiento en el “debe” de su cuenta vital, moral y política.

Por eso hay que recibir con la mejor cara los recientes homenajes y recordatorios a los héroes de La Nueve. Sabiendo, no obstante, que no fueron los únicos, que también estuvieron allí, en la guerrilla, en la clandestinidad, en las redes de evasión, en las organizaciones solidarias y de apoyo, miles de españoles que también fueron héroes y que como tales merecen reconocimiento, homenaje y recuerdo. No sólo por lo que hicieron, que también, sino quizás sobre todo porque sus vidas ofrecen, en este mundo gobernado por el neocapitalismo financiero y especulativo, un ejemplo de lucha, coherencia personal y política, esfuerzo, altruismo y fidelidad a unos principios que, aún quizás con excesos de dogmatismo, siguen constituyendo un modelo de las mejores cualidades del ser humano. Si no se rindieron entonces ante Hitler y Franco, mal habrían de someterse ahora aquellos viejos resistentes a las ventas a plazos de la felicidad con que el sistema nos domestica.





NOTA DE JUSTICIA. Pese a que en el texto haga constante referencia a la militancia comunista de los guerrilleros de la FTPF-MOI, no hago sino decir una verdad, que, no obstante, debe ser matizada. De igual manera que la ideología política mayoritaria entre los españoles de La Nueve era la anarquista, es igualmente cierto que el grueso de la resistencia de los republicanos en Francia fue comunista, aún participando en los mismos grupos guerrilleros de otras ideologías. No fueron los únicos, pero sí los más numerosos y mejor organizados. También los anarquistas montaron sus propios grupos guerrilleros, que actuaron especialmente en la zona pirenaica, con gran valor. Incluso el PNV montó su propio Batallón Vasco, que participó muy activamente en la liberación de los departamentos de los pirineos atlánticos. Todos ellos compartieron una gesta histórica que aún no ha sido reconocida como merece.



NOTA DE JUSTICIA. Pese a que en el texto haga constante referencia a la militancia comunista de los guerrilleros de la FTPF-MOI, no hago sino decir una verdad, que, no obstante, debe ser matizada. De igual manera que la ideología política mayoritaria entre los españoles de La Nueve era la anarquista, es igualmente cierto que el grueso de la resistencia de los republicanos en Francia fue comunista, aún participando en los mismos grupos guerrilleros gentes de otras ideologías. No fueron los únicos, pero sí los más numerosos y mejor organizados. También los anarquistas montaron sus propios grupos guerrilleros, que actuaron especialmente en la zona pirenaica, con gran valor. Incluso el PNV montó su propio Batallón Vasco, que participó muy activamente en la liberación de los departamentos de los pirineos atlánticos. Todos ellos compartieron una gesta histórica que aún no ha sido reconocida como merece.

OTRA NOTA

Las canciones que van enlazadas en el texto corresponden al disco “Canta del Exilio/ ¿Cuándo llegaremos a Sevilla?” (Movieplay-Gong, 1978).

Antonio Resines. Músicas y voz.
Antonio Gómez: Letras y narrador.

También cantan en el disco También cantaban en él disco Pablo Guerrero, Teresa Cano, Quintín Cabrera y Luis Pastor.
Testimonios: Eduardo Pons Prades, Mariano Constante, Teresa Pámies y Villar Gómez.
Arreglos e instrumentos: Malasaña (Luis Mendo, Manuel Aguilar, Cutu, Miguel "Judas" Sanz, José Vellisco).
Otros músicos: Luis "Guti" Salamanca (dulzaina), Nacho Sáenz de Tejada (guitarra), Miguel Ángel Chastang (contrabajo), Dario Riani (acordeón), Julián Llinas (flauta), Diego Dóncel Galán (fiscornio), Alfredo Mahiques (Trombón), Miguel Borja (oboe), Alberto Mateo (Trompeta).
Productor: Julio Palacios.
El Cubri, dibujos originales.





[1]La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939/1945”. Aguilar, Madrid, 2005.
[2] Planeta, Barcelona, 1975. En 2003 lo reeditó la editorial La Esfera de Los Libros.
[3] Ruedo Ibérico. París, 1969.
[4]Luchando en tierras de Francia”. Ediciones de la Torre, Madrid, 1981.
[6]Españoles en la resistencia”. Bilbao, Zero-ZYX, 1973
[7]Valle de Aran. Maquis y prineos. La gran invasión (1944-1945)”. Editorial milenio. Lleida.  2001