domingo, 29 de diciembre de 2013

LECTURAS. Jorge Amado cuenta de Joao Gilberto






Hay cosas que uno lee que le gustaría compartir. Dado que estos nuevos inventos lo permite, es el momento de ir haciéndolo. Ando releyendo “Navegación de cabotaje”, el libro de memorias, mejor sería decir de recuerdos, de Jorge Amado, y en él encuentro un par de páginas dedicadas a Joao Gilberto. No es un profundo análisis de su trabajo, sino, tal vez sólo anécdotas, y digo tal vez porque en realidad creo que estas líneas del gran novelista sobre el gran cantante sirven dan claves para entender mejor a uno y a otro, especialmente al cantante, pues las dos historias que se cuentan ofrecen una imagen de él y de su personalidad íntima que permiten comprender mejor al artista. Al menos a mí me sirvió la primera vez y volver a leerlo me ha reafirmado en ello. Que lo disfrutéis.





(Bahía, 1965 - el casamentero)

Fuimos padrinos, Zélia y yo, de la boda de Joáo Gilberto con Astrud. El matrimonio se separó en los Estados Unidos, adonde Joáozinho había ido para participar en un show que tuvo tanto éxito que se quedó allá un montón de años.

El día de la partida, yendo al aeropuerto, pasó por nuestro apartamento para darnos el abrazo de despedida. Llevaba ropa ligera, propia para el verano de Río, mientras que en Nueva York la crudeza del invierno llenaba los titulares de los diarios. Al verlo tan mal dispuesto cogí del armario un abrigo usado: póntelo al bajar del avión, que vas a morir de frío y agarrar una pulmonía. Fue mi contribución al éxito del cantante en los States, el abrigo que lo salvó de una pulmonía doble.

Contribuí también a su casamiento con Miúcha[1]: del primer matrimonio fui testigo; del segundo, casamentero. Un día recibí en Bahía una llamada telefónica de Joáozinho. Llamaba desde Nueva York, preocupado, como siempre. Seguía siendo el mismo.

--Jorginho, tú eres muy amigo de Sergio Buarque de Holanda, ¿no?

--Sí, ¿por qué?


Figura de las más fascinantes de la comparsa intelectual, Sergio me concedió el privilegio de su intimidad. Lo coloqué de personaje en O Capitdo de Longo Curso, y este es el homenaje que rindo a aquellos a quienes más estimo y valoro: ponerlos en las páginas de mis novelas. Juntos, durante un congreso de literatura en Recífe, fundamos en la iglesia de Sao Pedro dos Clérigos la Benemérita y Venerable Orden del Hipopótamo Azul, dedicada a la trata de doncellas, y creamos la teoría de las vaqueanas, que son las balzaquianas, las damitas de treinta años cuando empiezan a perder la continencia. La teoría se basaba en la agitación de las escritoras locales que cortejaban a Eduardo Portella, el seductor. Cuando lo de la llamada telefónica, el maestro historiador se vanagloriaba de ser padre de Chico Buarque, compositor que acababa de revelarse con un éxito estruendoso.

--Jorginho, estoy enamorado de la hija de Sergio, de Miúcha, hermana de Chico. Miúcha anda por aquí. Ella también me quiere. Queremos casarnos, pero tenemos miedo de que Sergio se oponga. Ya sabes lo que pasa, debe de haber oído horrores sobre mí. A ver si puedes hablar con él. Pídele la mano de Miúcha para mí, en casamiento. Dile que no soy tan malo como dicen.

Habituado como estaba a andar siempre arreglando los desaguisados de Joáozinho, prometí intervenir --rápido, pero rápido. Te llamaré dentro de una hora para saber el resultado. Colgó el auricular como un agonizante, listaba yo aún buscando el número de Sergio en el listín, cuando vuelve a llamar: Estaba tan angustiado que ni siquiera mandé un beso para Zelinha. Joáozinho, siempre atormentado.



Llamo a Sao Paulo. Se pone Amelia, cambiamos saludos y gentilezas, quiero hablar con tu ilustre consorte. Sergio viene al teléfono, sabiendo que soy yo, empieza a imitar el acento holandés, es para morirse de risa, poro yo me pongo serio. El tema lo vale.

--Te llamo para pedirte la mano de tu hija Miúcha en matrimonio.

--¿Eh?, ¿qué historia es esa? —abandona el acento holandés, se pone en actitud defensiva, ¿qué jugarreta le estoy haciendo?

--No es para mí, es para Joao Gilberto. Están enamorados, quieren casarse, y él ha pedido que te diga que no es tan malo como dicen por ahí. No debes creer a las malas lenguas...

--¿Qué me dices? ¿Es una broma, o hablas en serio?

Hablo en serio, le cuento mi conversación con Joáozinho, llamada pagada en dólares desde Nueva York, repetida, se había olvidado el beso para Zélia. Me encanta ese amor entre los dos cantantes, qué cosa tan hermosa, hago el elogio del candidato a yerno y lo hago con amor. De Joáozinho lo sé todo, del derecho y del revés, del chiquillo de Juazeiro por las barrancas del San Francisco, al músico aún desconocido que luchabamen Río en días difíciles, soy amigo suyo, he colaborado con él, le hice la letra de Lamento de Marta, compuesto para la película de Alberto d'Aversa1. De soltero, Joáozinho aparecía por la noche en casa de Rodolfo Dantas, llevaba su guitarra y se quedaba allí hasta las tantas, cantando. Zélia y yo, cansados, nos íbamos a dormir, y Joáozinho continuaba, en compañía de Joao Jorge, niño aún, privilegiado. Joao Gilberto tocaba, cantaba, teniendo como oyentes sólo al niño y al pajarom sofrê. Vivía el pajarillo suelto en la sala y silbaba las músicas que Joáozinho iba punteando.

Sergio escucha en silencio mí sermón, la proclamación de las virtudes de Joáozinho, genio musical, amigo entrañable, persona encantadora. Al día siguiente toma el avión para Nueva York, va a estudiar el asunto in lo-cum. Enseguida le parece encantador el candidato. No podía ser de otra manera.

Para acabar, un post scriptum: ya llevaba Joao Gilberto varios años residiendo en los Estados Unidos cuando un día apareció en casa un portador con un encargo del músico: un abrigo nuevo, flamante, soberbio. Lo usé durante largo tiempo, lo tengo aún. ¿O se lo habré dado a Joao Jorge, oyente solitario, el privilegiado?”






La historia del abrigo, aparte de lo que revela del protagonista, me recuerda una anécdota parecida ocurrida con motivo de su visita a Madrid en Julio de 1985, de cuya actuación di cuenta en El País, reseña que reproduzco más abajo.

Fuera de programa alguien, sería de la organización o de la casa de discos, me contó el sucedido después del recital. La situación era distinta a la de aquel viejo abrigo. Entonces era verano en Río e invierno en Nueva York, en esta ocasión se habían trastocado las estaciones y en Madrid hacía un calor de la leche mientras que en Brasil debían tener un frío si no de la hostia, al menos del copón. Joao Gilberto venía preparado y se bajó del avión con un escueto traje. Eso sí, encorbatado. El problema es que el único equipaje que le acompañaba era la guitarra en su funda. Nada más. Ni abrigo que no necesitaba ni camisa limpia. Sólo lo puesto y la guitarra. Contaba quien me lo contó que hubo que comprarle un recambio completo, camisa, calzoncillos y calcetines para que se mudara antes de salir al escenario. Saberlo me explicó el por qué de aquella especie de desvalimiento, de timidez tal vez, de cómo no estar en este mundo, que daba la imagen del artista sentado en una simple silla, vuelto hacia dentro de sí mismo, abrazado a la guitarra como un náufrago a su tabla de salvación o un niño a su juguete.

Hipnotizó a los espectadores. Nunca olvidaré la sensación.








[1] Miúcha, María do Carmo Buarque de Holanda, cantante.



UNA HISTORIA DE LA MUSICA AMERICANA. INDICE



UNA HISTORIA POR ENTREGAS 
DE LA MÚSICA POPULAR DE LOS ESTADOS UNIDOS

1.- La musica original de América. Los indios. Las canciones del viejo continente. Los negros.

2.- El nacimiento del blues y del jazz. La comedia musical y el nacimiento del cine sonoro. El Jazz, el estilo de Nueva Orleans y las Big Band

3.- El Jazz de la mitad del siglo: El swing y el Be Bop. La edad de oro del entertaiment: Los Crooners. El cine musical americano (1927-1952)-(1953-1979)


5.- El canto de los colonos blancos: El Hillbilly y el Blue-Grass. El Country & Western: Nashville


7.-Rock and Roll  (1) . El entorno social. Elvis Presley. Bill Haley. Jerry Lee Lewis. Eddie Cochran. Buddy Holly

8.- Rock and Roll (2). Chuck Berry. Little Richard. Fats Domino. Bo Diddley. Lloyd Price. Grupos vocales. Carl Perkins. Gene Vincent. Everly Brothers

9.- El Folk.(1).  Joe Hill y los cantantes sindicalistas. Los cantantes de la depresión y el New deal. Woody Guthrie 

10.- El Folk (2). Los Weavers. Pete Seeger. Cisco Houston. Jack Elliot

11.- El Folk (3) Malvina Reynolds. Barbara Dane, Nina Simone. Odeta

12.- El Folk Song. Los alevines de los Weavers. Bob Dylan. Joan Baez. Judy Collins. Tom Paxton. Phil Ochs. La generación de BroadSide. El Folk Rock.

13.- El Acid Rock Californiano. Jefferson Airplane. Gratefule Dead. Country Joe. Janis Joplin. Jimi Hendrix. Jim Morrison.

14.- Teeneagers y Hippies. De los Beach Boys a Mammas & the Pappas. Los Cantautores de los setenta. El underground americano: Frank Zappa y compañía

15.- El soul y la musica negra de la ultima generación. El Rock duro y el Heavy Metal

16.- El Jazz contemporaneo y el Jazz Rock. El Country Rock y el Rock sureño. El sonido disco y la New Wave

17.- Un ritmo importado: El Regae. Americanos de adopción


HISTORIAS DE LA TELE. INDICE





1956/1966. La televisión ya llegó
1967. Un premio clandestino
1969. La modernidad a caballo de un zoom
1970. Una tele de bigotes
1971. Doctrina y entretenimiento
1972. El padre de todos los concursos
1973. Risas y noticias
1974. Tocando a vísperas
1977. Año de bienes
1978. Descubriendo las españas
1979. Ficciones para recobrar la historia
1980. Una carrera fatídica
1981. La revolución imposible
1982. Mas sombras que gozos
1983. La era socialista
1984. El niño nuevo
1985. Tragedia, destape y crimen.


TEBEOS CONTRA FRANCO. INDICE


TEBEOS CONTRA FRANCO. 
Historietistas y humoristas gráficos ante la Republica, la guerra civil y el franquismo.

Aquellos tebeos que nos enseñaron a leer
Autores, dibujantes y guionistas republicanos en las historietas españolas de postguerra, de Escobar a Víctor Mora, de Azañas Bélicas a El Guerrero del Antifaz, de Conti a Vázquez, de Doña Urraca a Cuto...

Represaliados tras la guerra civil. Bluff y Acín fusilados, Robledano y Martínez de León encarcelados, Bagaría y Bartolí exiliados. Ojalá hubieran sido los únicos.

La guerra civil supuso la militarización de los tebeos y el humor gráficos. En los dos bandos tebeos, caricaturas y chistes fueron armas para colaborar en la lucha militar.

La llegada de la República abrió un periodo de libertades que tuvo especial influencia en la prensa satírica de la época y contribuyó a la toma de postura política de historietistas y caricaturistas, que se expresaron en una multitud de publicaciones de gran repercusión popular.

Las Cantigas de Santa María y otros códices son la primera expresión narrativa con textos y dibujos. La imprenta cambio revolucionó la relación del libro con sus lectores, cada vez más numerosos, y sirvió para ampliar el conocimiento humano, lo que abrió los ojos de la inquisición y provocó el nacimiento de la censura. 

Lápices como alfileres
Pliegos de cordel, aleluyas y prensa satírica en el siglo XIX. ¿Alguién podía esperar que el más ilustre poeta romántico y el autor del retrato de los billetes de 100 pesetas fueran descarados pornógrafos anti isabelinos?

La censura

HEROINAS TRANSPARENTES. INDICE



HEROINAS TRANSPARENTES
Mujeres de presos bajo el franquismo

1.- Una historia por contar. La historia. Fuentes, bibliografía directa.
3.- Manolita del Arco, una historia de amor encarcelado
4.- Tomasa Cuevas, parir en clandestinidad


COMUNISTAS. INDICE


      

Años confusos
• Antonio Gómez Marín. José Gros. Simón Sánchez Montero. Isabel Vicente. Santiago Álvarez. Tomasa Cuevas. Armando López Salinas

Esperanzas de revolución
• Tomasa Cuevas. Simón Sánchez Montero. Manolita del Arco. Santiago Álvarez

3.- Guerras
España en armas
• Santiago Álvarez. José Gros. Antonio Gómez Marín. Simón Sánchez Montero

Sombras en la batalla
• Armando López Salinas. Isabel Vicente. Manolita del Arco
          
El fin de la esperanza
• Antonio Gómez Marín. Isabel Vicente. Simón Sánchez Montero. Manolita del Arco

Con España a cuestas
• Teresa Pàmies. Santiago Álvarez. Lluis Salvadores. José Gros. Pepita Belloch. Joan Escuer

Geografía de presidios
• Manolita del Arco. Antonio Gómez Marín. Isabel Vicente

El silencio de los paredones
• J. Chamorro. Manuel Asalta. Agustín Zoroa. Luis Campos Osaba. Cristina García Granda. Jesús Larrañaga. José Gómez Gayoso

Reconstruir sobre las ruinas
• Tomasa Cuevas. Simón Sánchez Montero. José Gros

Una España en blanco y negro
• Armando López Salinas. Tomasa Cuevas. Antonio Gómez Marín

Las masas existen
• Vicente Luis Llopiz. Isabel Vicente. Armando López Salinas. José Gros

La bandera eurocomunista
• Simón Sánchez Montero. Manolita del Arco. Vicente Luis Llopiz. Tomasa Cuevas

No todo en la vida es champán
• Tomasa Cuevas. José Gros. Armando López Salinas. Pepita Belloch. Vicente Luis Llopiz. Simón Sánchez Montero. Manolita del Arco. Antonio Gómez Marín





sábado, 14 de diciembre de 2013

TEBEOS CONTRA FRANCO. EPILOGO III





Rodeados por el latinajo  “EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM.73″ (“Álzate, oh Dios, a defender tu causa. Salmo 73”), tres símbolos gráficos adornan el escudo de la Santa Inquisición, gloria y prez de una de las dos Españas y tormento de la otra: una espada a la derecha, para acabar con los enemigos, una rama de olivo al otro lado, para recibir a los arrepentidos, y en el medio, una Cruz para todos. No hay que hacerse cábalas, es la vieja ley del palo y la zanahoria.

Jamás debió imaginar Gutenberg que aquel invento suyo que había permitido en 1449 la impresión del primer libro tipográfico de Occidente pudiera servir para otra cosa que para difundir en honor de Dios las ideas de la Santa Iglesia de Roma (y a más, alcanzar personalmente honores y riquezas). Ni asomo de pensamiento de que su prensa y tipos móviles pudieran utilizarse también para difundir el mal de la heterodoxia, la herejía, la inmoralidad y el pecado. Pero el invento se le escapó de las manos. No cayó en que lo inicialmente benéfico, o tenido como tal por unos cuantos, pueda acabar convertido en invento demoniaco, contra el que hay que luchar sin respiro con uñas y dientes, pues, sabido es, que en esa batalla nos van la salvación eterna o las llamas del infierno, según decidamos aceptar, sumisos, la rama de olivo, o enfrentarnos, rebeldes, a la espada.

Las primeras imprentas de los siglos XV y XVI, dependientes en un principio de universidades y otros centros religiosos o reales, se convirtieron muy pronto en meras empresas privadas que, como correspondía a esa condición, buscaron el beneficio económico como principal objetivo. Así fue que al poco percibieron los empresarios impresores que podían aumentar sus cuotas de mercado (aunque ese concepto tan actual no se formulara entonces ni en lema latino), y en escaso tiempo pasaron a publicar no sólo los encargos eclesiales, sino toda la variedad de materiales literarios que escribían desde siempre los más distintos autores y que comenzaban a demandar con insistencia la reducida pero creciente cantidad de ciudadanos alfabetizados de la época, no todos ya curas o nobles. Entre esas demandas figuraban novelas picarescas, versos alegres y cáusticos o ensayos considerados heterodoxos y heréticos por papas, prelados y reyes, que pronto comenzaron a salir en cantidad de las prensas.

Al público lector le encantaban los nuevos géneros, pero para el poder eclesial y político resultaban libros peligrosos, porque, como escribió con clara lucidez Luis Vives, probablemente el más importante humanista del Renacimiento español, en carta a Erasmo de Rotterdam en 1526: “si los leen muchos, como me dicen que pasa, quitará a los frailes mucho de su antigua tiranía”. Y quitar tiranía a los frailes era socavar las bases del sistema, reivindicar el conocimiento, abrir la discusión y sembrar la duda. Había que ponerle coto al abuso y se creó la censura, compañera inseparable desde entonces de la letra impresa, pulso eterno entre la libertad y la tiranía.



Llegados a este punto permítaseme regresar por un par de párrafos a los Reyes Católicos, que en tema tan sustancial también hicieron su aportación personal a la historia. Ellos fueron quienes establecieron mediante una pragmática, el ocho de julio de 1502, la primera disposición que castigaba la impresión de libros sin autorización previa, aunque ya antes habían acudido a métodos más expeditivos, que no se dejarían de utilizar en siglos, como la quema pública, tras la conquista de Granada, de ejemplares del Corán, muchos de ellos de singular belleza según las crónicas. No obstante, no seamos ingenuos, no fue sólo la reconocida fe en la grandeza del dios cristiano de los monarcas lo que provocó estas medidas incendiarias y censoras, que llegaron, sobre todo, por razones de estrategia política. Isabel y Fernando estaban llevando a España del Medievo al mundo moderno, bien es verdad que a sangre y fuego, y mantener lo que ya habían conseguido, como plataforma para culminar sus ambiciones expansionistas, tenía sus exigencias.

En los libros escolares se glorifica a aquellos Isabel y Fernando del tanto monta, monta tanto, como los unificadores de España y los forjadores del Imperio. Y no faltan datos históricos que lo confirmen, aunque no todos resulten glorificadores de la pareja. Cierto es, que bajo su mandato, lo que nunca había sido España, sino una complicada convivencia de reinos independientes y no siempre bien avenidos, se convirtió en un territorio de administración única, aunque compartida, y que expandieron su poderío hasta traspasar límites del mundo entonces conocido, en un viaje imperial que tanto oro, honor y poder reportó a los poderosos y tanta hambre, miseria y sangre costó a sus súbditos de uno y otro lado del océano. También es cierto, y conviene recordarlo en cuanto a valorar la santidad y ejemplaridad de los susodichos se refiere, que todo ello se llevó a cabo con la espada por delante y la muerte, la tortura, el exilio y le represión como método. Paradójicamente, la era moderna llegó a España de la mano de la iniquidad política y la explotación económica e imperial, y no de las nuevas ideas libertadoras y heterodoxas que a la larga serían la principal característica de esa modernidad que se alumbró con el Renacimiento.

Desde que los dos adolescentes (ella tenía 18 años y él 17) se casaron en al Palacio de los Viveros de Valladolid el 19 de octubre de 1469 y unieron bajo una corona bicéfala los respectivos reinos de Castilla y Aragón, que ambos regentaban no sin conflictos internos, la suya fue una voluntad de decidido expansionismo que convirtió su reinado en un no vivir de constante ajetreo, guerras, problemas económicos y conflictos religiosos. Ya acalladas las protestas de los nobles catalanes y valencianos, conquistada Navarra, ampliado su poder a la Europa mediterránea y el norte de África, el proceso expansivo culminó, como el vértice de una pirámide, en 1492. Ese año se expulsó a los judíos, cerrando una persecución interna de siglos, se acabó con la presencia musulmana en la península con la conquista de Granada y se colocó un pie en América con el primer viaje de Colon, que buscando las Indias se dio de bruces con las futuras Antillas. Los Reyes ya tenían en sus manos lo que ansiaban desde su ventajosa unión matrimonial, un verdadero Imperio. Ahora había que gobernarlo, y para ello necesitaban una ideología férrea y unificadora, el catolicismo, y una falta absoluta de oposición o enfrentamiento interno, única forma de mantener el poder autoritario sobre el inmenso territorio que habían conquistado. La fusión del aparato represor del Estado totalitario con la argamasa ideológica que aportaba la iglesia romana resultó ser el sistema ideal para los siglos de consolidación del imperio que estaban a punto de llegar.


Aunque existan antecedentes franceses que se remontan al siglo XII, cuándo se utilizó para combatir la herejía albigense, La Inquisición no llegó a España hasta que en 1478 los Reyes Católicos, principalmente Isabel, la ideóloga de la pareja, que había sido convencida de la utilidad de su implantación por el dominico sevillano Alonso de Hojeda, se lo pidieron a Roma, que dio su beneplácito el 14 de noviembre de aquel mismo año. Todo el poder quedaba así en manos de los monarcas, quienes tenían la exclusiva competencia de nombrar a los inquisidores y con ella la de controlar toda la estructura ideológica y represiva.

En un principio, el tribunal político-religioso se estableció tan sólo en Córdoba y Sevilla, donde el ya mentado Alonso de Hojeda desató una dura persecución contra los conversos judaizantes que creía haber detectado entre la población, lo que condujo, apenas dos años después de fundarse la institución, el 6 de febrero de 1481, al primer auto de fe de la historia española, que acabó con la quema en la hoguera de seis personas vivas. Desde entonces, y hasta que desapareció oficialmente nada menos que en 1834, pero especialmente en los siglos XVI y XVII, La Inquisición constituyó la primera policía política de España, que a través de su doble estructura política y religiosa investigó, detuvo, juzgó, condenó y ejecutó a quienes se oponían al poder absoluto de la monarquía, ponían en duda su ideología religiosa única (lo que suponía cuestionar el orden establecido), o simplemente atentaban, aunque fuera ligeramente, contra su ortodoxia y principios morales. Dentro de ella se instituyeron consejos especiales para la censura de libros, formados tanto por clérigos como por seglares, siendo también el Santo Tribunal el encargado de hacer cumplir las prohibiciones y castigar a los que se atrevían a saltárselas.

Resulta desazonador, aunque lógico, comprobar hoy en día de qué manera todas las tiranías, sea la monarquía totalitaria de los Reyes Católicos y sucesores o la dictadura franquista, han utilizado de manera similar a lo largo de la historia la censura como forma de mantenerse en el poder, y cómo los métodos, los protocolos, los criterios y la actividad de los censores cambiaron tan poco en 400 años.

El procedimiento inquisitorial era minucioso e implacable. Los inquisidores establecían dos categorías censoras: la prohibición absoluta y la “expurgación”, que no consistía en otra cosa que en la obligación de eliminar del escrito original las frases o párrafos que se habían considerado peligrosos. En esta última categoría llegaría a ser incluido hasta “El Quijote”, del que hubieron de suprimirse frases tan evidente ciertas, y quizás por ello peligrosas, como aquella que aseguraba que “las obras de caridad que se hacen flojamente no tienen mérito ni valen nada”.

Pero pese a todos los reglamentos y ordenanzas,  aún se editaban y difundían textos prohibidos de manera más o menos clandestina, bien imprimiéndolos sin pie de imprenta, bien importándolos de otros países o bien sacándolos de herencias de bibliotecas, que se vendían a través de las llamadas librerías “de muerto” o simplemente por los vendedores callejeros. Eliminar las obras heréticas o licenciosas suponía poner en marcha un importante aparato censor y represivo que tuvo su columna vertebral en la Inquisición y sus terminales nerviosas en las parroquias de cada pueblo y en los propios vecinos, que no dejaron en muchas ocasiones, fuera por razones de fe profunda, simple miedo o egoístas intereses personales, de delatar a amigos o familiares poseedores de libros heterodoxos o impuros.

El mecanismo censor empezaba a funcionar en las mismas fronteras del Estado, situadas en los entonces llamados puertos “marítimos” y “terrestres”, para impedir la entrada de los textos perniciosos. Se controlaban las imprentas, cuidando que no publicaran libros que no tuvieran la autorización correspondiente, y se ejercía una férrea vigilancia sobre distribuidoras y librerías, a las que se inspeccionaba al menos una vez al año, para comprobar que mantuvieran en orden el obligado libro de existencias y que tuvieran en su poder la correspondiente lista de libros prohibidos, de forma que no pudieran alegar ignorancia si se encontraba alguno de ellos en las estanterías. Incluso se registraban domicilios y bibliotecas privadas en busca de escritos diabólicos y pecaminosos. Los ejemplares peligrosos encontrados en esas razias ya tenían destino definido desde la pragmática de los Reyes Católicos de 1502: ser “quemados públicamente en la plaza de la ciudad o villa o en el mismo lugar donde vendiese o los ovieses vendido”, y las condenas para sus poseedores podían llegar a la de muerte, aunque parece que no se conoce ninguna exclusivamente por esa causa.

Desde mediados del siglo XVI, las obras prohibidas se empezaron a dar a conocer por medio de listas, índices o libros, que convertidos en edictos inquisitoriales se colgaban en las puertas de las iglesias y se difundían entre impresores, distribuidores y libreros para su general conocimiento. En el de 1640, elaborado por el inquisidor general Antonio de Sotomayor, confesor real y arzobispo de Damasco, se concretaban y categorizaban las razones para la prohibición de los libros, normas similares por otro lado a las que se habían utilizado hasta entonces y a las que se seguirían utilizando. Estos criterios sirven de alguna manera para comprender hasta donde llegaba la mano de la censura y la simbiosis y connivencia entre religión y poder que demuestra su simple enunciación. Eran 16 reglas, después reducidas a cinco, con las que se clasificaban otros tantos grupos de libros condenables: “1) Obras contrarias a la fe católica escritas por heresiarcas y heterodoxos, así como las traducciones a lenguas “vulgares” que tratan cuestiones de fe, la Santa Biblia o las obras de controversia. 2) Obras de nigromancia o astrología o que fomenten la superstición o las prácticas traumatológicas, aunque se autorizaban los horóscopos. 3) Obras lascivas, corruptoras y de amores impropios, así como cualquier representación deshonesta. 4) Obras publicadas sin nombre del autor o del impresor y sin lugar o fecha de edición. 5) Obras o fragmentos de obras que atenten contra el honor de los eclesiásticos y gobernantes, así como aquellas que ataquen la autoridad del estamento eclesiástico y favorezcan la tiranía bajo razón de Estado”.

Con tan amplio abanico prohibitivo en su poder, los censores se aplicaron con saña a la labor, y hay que reconocer que no se la cogieron con papel de fumar a la hora de decidir lo que no se podía publicar, lo que se debía expurgar o lo que, una vez impreso, debía ir a parar al fuego depurador. No es de extrañar que con la rebelión protestante como principal problema político-religioso de Roma y el Imperio Católico, los primeros en caer en la hoguera fueran los textos de Erasmo de Rotterdam (1467-1536), inspirador de muchos de los principios de la escisión, y los del líder de la escisión, el propio Lutero (1483-1546), aunque también motivaran la ira del censor antecesores que habían muerto hacia un siglo, como Jan Huss (1370-1425), o, ya contemporáneos a los inquisidores, los discípulos Philipp Melanchthon (1497-1560), Uriko Zuinglio (1484-1531) o el más conocido Calvino (1509-1564), entre otros herejes de reconocido prestigio en la Europa del momento.

Pero no sólo de disidencia política y religiosa se alimentaron las hogueras inquisitoriales, sino también de los más variados géneros literarios en pleno proceso de formación, sin parar mientes, incluso, en que hubieran sido escritos en tiempos anteriores a la letra impresa, comenzando por los clásicos Luciano, Aristóteles, Demóstenes, Hipócrates, Séneca, Platón, Dante, al que se suprimieron versos de su obra magna, o Petrarca

Libertinos, procaces y deslenguados debieron parecerles a aquellos primeros censores “El Decamerón” de Boccacio (1313-1375), el “Coloquio de las damas” de Aretino (1492-1566), por no hablar ya de sus “sonetos lujuriosos”, auténticos versos pornográficos que sólo verían la luz tras su muerte, y tan excesivamente mundanos y carnales vieron los gargantuas y pantagrueles de Rabelais (1494-1553) como dubitativos y faltos de entusiasmo los ensayos de Montaigne (1533-1592) o caústicas las fábulas de La Fontaine (1621-1695). Todos ellos fueron estigmatizados en las listas inquisitoriales, en las que también aparece con singular insistencia cuanto tuviera que ver con el conocimiento heterodoxo, las ciencias (fueran estas matemáticas, astrológicas o médicas)  y todo aquello que condujera al posible lector a plantearse preguntas incómodas en aquel mundo de respuestas exclusivas: Giordano Bruno (1548-1600), que vio premiada su curiosidad y heterodoxia no sólo con la prohibición de sus obra sino con la propia muerte en la hoguera, Descartes (1596-1650), Copérnico (1473-1543), Kepler (1571-1639), Pascal (1623-1662), Spinoza (1632-1677), y ya en pleno siglo XVIII,  Rousseau (1712-1778) o Voltaire (1694-1778) formaron parte de los índices listas condenatorios. Un listado, como se ve, que coincide nombre a nombre con el de la inteligencia humana.

Sin embargo, con todo y el celo que pusieron los censores para impedir la contaminación herética, librepensadora o inmoral de los autores y obras extranjeras, es en el terreno de la literatura española donde los inquisidores aplicaron con mayor ahínco su furor censor. De tal forma es así, que en aquellas listas colgadas en las puertas de las iglesias o editadas en los libros correspondientes figura lo más granado del pensamiento y la creación literaria del país, hasta constituir su lectura un repaso a la mismísima historia de la literatura española.

Por ceñirnos tan sólo a los siglos XVI y XVII --en los que la curiosidad intelectual y la apertura del conocimiento despertados por el Renacimiento desembocaron en el esplendor creativo del Siglo de Oro, en abierta contradicción con represión inquisitorial de un Reino que consolidaba su Imperio no sin cruentas guerras americanas y europeas-- el censo de prohibidos o expurgados es casi inabarcable.

En tales circunstancias parece lógico encontrar en las listas de la inquisición buena parte del pensamiento moral, teológico o científico que se generó en esos años, desde las obras de Juan de Valdez (1509-1541) y su hermano Alfonso (1490-1534), al que ser secretario y latinista oficial de Carlos I no le protegió de acabar acusado de erasmista, estigma que también persiguió a Juan de Vergara (1492-1557), quien llegó a ser encarcelado en 1553. Los dos fray luises, el de León (1527 o 1528-1591) y el de Granada (1504-1566) también hubieron de sufrir la furia inquisidora. El primero pagó con cuatro años de presidio el atrevimiento de traducir el “Cantar de los cantares” del hebreo y el segundo vio censurada sus “Guía de pecadores” y “Oración y meditación”. Similar suerte tuvieron el médico Huarte de San Juan (1529-1588), del que se prohibió su estudio sobre las relaciones entre el cerebro y el entendimiento, que tocaba el tema de la inmortalidad del alma, Antonio de Lebrija (1441-1522) o Benito Arias Montano (1527-1598), condenados por el tratamiento que ambos compartían sobre la autonomía de la razón y la validez del método empírico como método científico.

La nómina de represaliados, censurados y prohibidos es, como la sombra del ciprés, alargada: Miguel Servet (1511-1553), paradigmático ejemplo de curiosidad renacentista, que tanto estudió la astronomía, la meteorología, la geografía o la jurisprudencia como la teología, las matemáticas, la anatomía o la medicina, al que el atrevimiento de descubrir el funcionamiento del sistema circulatorio y sus críticas al poder religioso le condujeron dos veces a la hoguera: la primera en efigie por la inquisición católica en 1551 y física y definitiva la segunda por la calvinista, que también la había. Bernardo de Quirós (1675-1710), que figuró en el Índice con todas sus obras, o Baltasar Gracián (1601-1658), que no podía esperar clemencia para una obra a la que se atrevió a dar por título “El criticón”, también pagaron su osadía intelectual.


La novela, genero en formación que no alcanzaría la mayoría de edad hasta “El Quijote”, levemente expurgado, por cierto, como ya hemos dicho, cayó bajo las garras censoras, que prohibieron buena parte de las novelas de caballerías que tanto placer producían a las menguadas masas lectoras del momento, comenzando por la originaria “Amadis de Gaula” y siguiendo por títulos de gran éxito en su momento aunque hoy sólo conocidos por los expertos, como fueron “El caballero de Febo”, “D. Oliveros de Castilla” o “Palmerín”. Suerte censora de la que no se libró la literatura picaresca, del “Lazarillo de Tormes” a “El Buscón”, de Quevedo, quien llegó a pedir personalmente la retirada del libro para facilitar con esa claudicación que se le permitiera publicar otros escritos y poemas igualmente cuestionados.

El teatro, que además de leído podía ser representado, no se libró de los censores, y en sus garras cayeron no ya sólo los pioneros Gil Vicente (1465-1536?), Torres Naharro (1485?-1530), Juan de la Enzina (1469-1529) o la mismísima “Celestina”, sino que incluso acabaron en sus redes obras de los excelsos López de Vega (1562-1635), cuya “El divino africano” vio prohibidas las representaciones y retirada la edición, Calderón de la Barca (1600-1681), que tropezó con la iglesia, cual Sancho y el ingenioso Hidalgo, con “Las órdenes militares”, y Tirso de Molina (1579-1648), que aún siendo fraile mercedario sufrió prohibición de escribir y destierro, acosado por los enemigos políticos y literarios que su trabajo le había acarreado.

En el contexto de esta amplísima sangría de inteligencia, llama la atención, sin embargo, la especial inquina censora que se cebó con la poesía, tal vez por la facilidad de difusión popular que ofrecían las coplas, que por su facilidad de retención podían ser repetidas por juglares y trovadores llegando así a un pueblo analfabeto, pero no tonto. El “Cancionero General”, antología de la poesía medieval que Hernando de Castillo recopiló y publicó en 1511, se vio reducido en una de sus partes fundamentales, la dedicada a las “obras de burlas provocantes a risa”, consideradas excesivamente obscenas para los castos ojos de los posibles lectores, que fueron censuradas sin contemplaciones.



En similar tesitura se encontraron nombres fundamentales de los orígenes de la lírica española como el ya mentado Gil Vicente, o los de Gonzalo de Berceo (¿1196-1252), Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, (1284-1351), el Marqués de Santillana (1398-1458), Jorge Manrique (1440-1479), Vicente Espinel (1550-1624), las “Coplas satíricas de Mingo Revulgo” (1464) o el mallorquín Anselm de Turmeda (1352-1458), que acabaría convirtiéndose al islam y muriendo en Túnez, autor de extraordinarios versos de una modernidad sorprendente escritos en catalán y árabe, idioma en el que firmó como Abd-Al•lah at-Tarjuman.


El mismísimo Juan de la Cruz (1542-1591), que sería santificado en 1726, no pudo evitar las censuras por su defensa de la reforma teresiana, lo que le condujo al destierro y a la prohibición de sus obras, contándose que ocasión hubo en la que debió tragarse literalmente sus poemas y escritos para que no cayeran en manos inquisitoriales. No hablemos ya de Teresa de Ávila, que a más de pensar lo hacía siendo, como era, mujer y monja.

A los tropiezos de Quevedo con la censura ya nos hemos referido, pero por la inquina con que le trataron merece cerrar este párrafo su acérrimo enemigo, y también genial poeta, Luis de Góngora y Argote (1561-1627). Extremista autor de algunos de los poemas más bellos y oscuros de la literatura castellana y al mismo tiempo de muchos de los más claros y sencillos, Gongora tuvo una vida agitada y mísera durante la cual sufrió a menudo la condición de arruinado, llegando incluso a montar, para intentar paliarla, una casa de juego en Madrid con la que sólo consiguió aumentar sus deudas. A más de ello, no llegó a ver publicadas en libro sus obras mientras vivió, lo cual no impidió el extenso conocimiento que permitió la transmisión boca a boca o la inclusión en cancioneros y recopilaciones clandestinas, realizadas con o sin su reconocimiento. Cuando tras su muerte las recopilaron por primera vez en libro Juan López Vicuña y, posteriormente, Gonzalo de Hoces, fueron consideradas por el Santo Oficio “composiciones indecentes y llenas de inmundicias”, lo que condujo a su prohibición hasta ser debidamente expurgadas.

Visto lo visto, como bien escribió Luis Vives (1492-1540) en carta privada, aquellos fueron “tiempos difíciles en que no se puede hablar sin callar en peligro”. Habría más.




sábado, 7 de diciembre de 2013

TEBEOS CONTRA FRANCO. EPILOGO II





Cervantes nos descubrió en su Quijote la lucidez de la locura. Quevedo volatilizó la mala leche en poesía. Shakespeare diseccionó el poder con sus Enriques. Lope de Vega alertó sobre la fuerza colectiva de los habitantes de Fuenteovejuna. Carlos Marx estableció en El Capital algunas leyes fundamentales del comportamiento social. García Lorca se sumergió en las profundidades del ser humano en sus sonetos del amor oscuro. Pérez Galdós retrató un mundo en episodios y Tristán Zara lo dispersó en mil universos inalcanzables. Todos estos alumbramientos, que  hoy forman parte, convertidos en libros, de las más altas cumbres del talento humano, no hubieran alcanzado esa relevancia universal, y es posible que ni siquiera hubieran existido, sin la inteligencia, la curiosidad y la tenacidad de un visionario herrero alemán con buen ojo para los negocios que vislumbró las posibilidades que ofrecía una prensa de uvas para la reproducción en serie de la palabra escrita. Una idea que transformaría el mundo.

Desde el origen de los tiempos el ser humano había buscado las formas de dejar fijadas para la posteridad las palabras y los pensamientos a través de los soportes más variados. La piedra tallada, la madera (que confirió nombre al libro futuro, pues no por nada la primera definición tanto de biblos como de liber es corteza interior de un árbol), la arcilla cocida mesopotámica, los hojas de palma de India, el cuero curtido, la vitela, piel pulida de becerros recién nacidos que se utilizó para tantos códices miniados, el papiro y el pergamino, e incluso, mediante el tatuaje, la misma piel humana sirvieron para fijar y eternizar los signos caligráficos de las distintas culturas, que unidos en formas de palabras transmitían el pensamiento humano.

La batalla por determinar el mejor soporte para la escritura la acabó ganando finalmente el papel. Como tantos otros elementos fundamentales para el proceso de la impresión, también el descubrimiento de éste correspondió a los chinos, que ya dispusieron de papeles para sus ideogramas desde el año 150 antes de Cristo. Para fabricarlo fueron probando diversos materiales, desde las fibras de cáñamo y algodón hasta las de bambú, morera, lino, caña y otras, sin alejarse con ello de los métodos contemporáneos de producción más que en la tecnología de su fabricación. Curiosamente, España resultó ser la pionera de la introducción en Europa del papel, habiéndose datado en el año 1150 la fecha en la que los árabes instalaron el primer molino de papel del continente en Xátiva, entonces enclave musulmán que no formaría parte del Reino de Valencia hasta que Jaime I El Conquistador se la arrebatara en 1238.  

Con tales materiales, y reducidos a la obligatoriedad del ejemplar único, o a la limitada multiplicación que permitía la labor de los copistas, que a mano reproducían los originales, la elaboración de un libro o códice suponía un esfuerzo, un gasto y un tiempo realmente extraordinarios. El monje o fraile que ejercía de copista, que en muchos casos era analfabeto y se limitaba a reproducir los signos sin conocer su significado, debía copiar cada dibujo y cada palabra, habitualmente de grafías complicadas, de manera minuciosa y precisa. Hasta diez años podía tardar un copista en finalizar la reproducción de un códice medieval.

 La Xilografía --otro invento llegado de la lejana China a Europa en pleno siglo XIII-- vino a paliar algo tan arduo esfuerzo, aunque la tarea de fijar letras sobre un papel siguiera siendo un auténtico trabajo de chinos, perdónese el chiste fácil, y los primeros libros reproducidos por este sistema debieran esperar doscientos años para ver la luz, pues entretanto el sistema se dedicó, sobre todo, a la impresión de barajas y estampitas de vírgenes y santos. El proceso xilográfico exigía tallar sobre una tablilla de madera el texto y los dibujos, para luego fijarla a una mesa, impregnarla con la tinta, que por aquel entonces existía de tan sólo tres colores: negra, roja o azul, colocar encima el papel y pasarle un rodillo, que fijaba la tinta en el y que debía secarse durante largo tiempo. Además de trabajoso, el procedimiento era poco útil, pues la madera se desgastaba pronto y el número de copias que se podían imprimir resultaba necesariamente limitado. En cualquier caso, la acumulación de estos cambios cuantitativos estaba ya en disposición de abrir paso al cambio cualitativo y definitivo.

Al igual que el papel, la pólvora, la brújula y los rollitos de primavera, una vez más el invento de la imprenta de tipos móviles, fundamento de toda la impresión desde entonces, corresponde a los chinos. En concreto a un herrero plebeyo nacido en el año 990 que ha pasado a la historia y a wikipedia como Bi-Sheng, al que se le ocurrió la peligrosa idea de tallar, primero en madera y luego en porcelana, los caracteres de la escritura china, perfeccionando los sistemas xilográficos previos. Lo debió tener duro, pues sus tipos no tenían que reproducir tan sólo las 27 letras del alfabeto latino sino el infinito número de caracteres propios, de los que inicialmente parece ser que llegó a tallar 3.000. Un verdadero tormento para los  linotipistas.

No citan los expertos constancia alguna de que tal artilugio impresor fuera conocido por Johannes Gensfleisch de Gutenberg cuando empezó a interesarse por el tema, o aún después. Gutenberg, que había nacido en Maguncia en una fecha no identificada entre 1395 y 1399, no fue tanto un entusiasta de la cultura que los libros podían transmitir, sino, ante todo, un avispado y visionario negociante que pensó que si se reducía el largo tiempo que suponía la confección de un libro manuscrito y se lograba multiplicar los ejemplares se podían acelerar e incrementar las ganancias en el mercado lector, aún reducido, pero ya importante. En términos de esta sociedad del marketing y el eufemismo en la que vivimos se trataría de un “emprendedor” en el más exacto sentido del concepto. 

Aunque suponga un cierto rodeo en el recorrido, merece la pena detenerse un momento en el primer impresor europeo, aunque solo sa por la paradoja que implica el éxito inmenso que obtuvo su invento en contraste con la desafortunada vida del inventor. Hay notables lagunas en la biografía de Gutenberg, que se inician con el desconocimiento del momento exacto de su nacimiento y afectan a otros avatares de su vida, entre ellos los numerosos cambios de ciudad de residencia. No obstante, siempre anduvo tras la idea de la imprenta, y ya en 1434, cuando ejercía oficialmente como platero en Estrasburgo, se sabe que había formado sociedad con un tal Hanz Riffe para desarrollar ciertos procedimientos secretos relacionados con la prensa y las formas de impresión. El trabajo lo realizó con la ayuda y bajo la protección de la Orden Benedictina, que acababa de efectuar una reforma religiosa que imponía una liturgia unificada que necesitaban difundir entre las masas de católicos. Las cosas no debieron ir bien, porque hubo que recurrir al proceso judicial para conseguir que el futuro impresor pagara las inmensas deudas en que se había metido para materializar su invento.

Nuevamente en Maguncia, su ciudad natal, Gutenberg volvió a buscar socio capitalista y entró en sociedad con el banquero Johannes Fust, quien le facilitó el dinero para editar en 1449 el “Misal de Constanza”, primer libro tipográfico de Occidente. Habían pasado 15 años desde que tuvo la idea hasta que la vio plasmada en los 150 ejemplares que salieron de su prensa. Pese al logro, sus habilidades artesanales debían ser mayores que las de negociante, pues nuevamente se vio enfrentado por deudas con el banquero, que rompió la sociedad y editó luego en solitario la que debería haber sido la gran obra de Gutenberg, la conocida como “Biblia de 42 líneas”, que había empezado a imprimirse en 1452 y que se publicaría al fin cuatro años después. Con tanta deuda y tanto pleito, el inventor quedo arruinado y falleció en 1468 en la misma Maguncia en la que había nacido.

A la hora de idear lo que sería la primera imprenta de tipos móviles de Europa, Gutenberg debió enfrentar dos problemas básicos: cómo acelerar el lento proceso de elaboración de la plancha impresora, eliminando la obligación de tallarla entera como exigía la xilografía, y mecanizar de manera eficaz la necesaria presión de la plancha sobre el papel, eliminando rodillos manuales, lentos, pringosos e inseguros. Para solucionar el segundo de estos problemas parece ser que se fijó en una prensadora de uvas, en la que la parte superior se deslizaba alrededor de un grueso tornillo, presionando los racimos, colocados sobre un soporte fijo, hasta extraer el mosto y dejar secas pieles y semillas. Fue una idea brillante, sencilla y fácil de realizar.

La primera exigencia le costó más resolverla. Estaba claro que si se quería romper el sistema de tallar la madera en una sola plancha había que conseguir algo estructurado por partes que se pudieran unir en un todo homogéneo. Esas partes debían ser las letras, y a ello se puso el platero alemán, haciendo un molde de madera de cada una de ellas que vaciaba posteriormente en hierro, paliando así la fragilidad y el desgaste de la madera. Los tipos resultantes podían unirse de manera ordenada dentro de un marco que daba forma a la página. La teoría parece hoy en día clara, pero llevarla a la práctica necesitó de muchas pruebas y correcciones para solucionar problemas inesperados. Por ejemplo, cada letra tenía distinta anchura y adecuarlas todas a un texto continuo y homogéneo no resultaba fácil. El problema le obligó a crear 150 tipos diferentes que, conjuntándolos de acuerdo a cada escrito, le permitieron la reproducción exacta de los textos en el marco de la página. 

Otra complicación sería la inclusión de imágenes, que no consiguió solucionar, pese a lo que no habría que echárselo en cara, pues el problema constituyó un desafío que nadie lograría superar hasta que en 1789 se inventó la litografía y se pudieron imprimir al mismo tiempo palabras y dibujos o, posteriormente, fotos. En aquello siglos iniciales, Gutenberg y sus pronto numerosos seguidores dejaban vacía la parte de la plancha correspondiente a la ilustración, que luego pintaba directamente sobre el papel un amanuense o se imprimía mediante la xilografía. Fuera como fuera, cuando se difundieron aquellos primeros 150 libros impresos por el alemán quedó abierto un camino para el progreso, el conocimiento y la evolución de la sociedad que han posibilitado llegar hasta ahora mismo.



La expansión de la imprenta fue fulgurante, en toda Europa pero especialmente en Alemania, entonces todavía el Sacro Imperio Romano Germánico, que no sólo había sido la cuna del invento, sino que dada la importancia y número de las universidades y los centros de estudio existentes constituía un terreno abonado para la difusión del libro. Hasta tal punto era así que para 1470, a tan sólo 21 años del Misal de Constanza, las imprentas ya estaban implantadas en las principales ciudades. Algunas de ellas fueron tan importantes como la que Antón Koberger instaló en Núremberg, en la que trabajaban más de 100 empleados en 24 prensas, y que llegó a contar con la asesoría y colaboración de Alberto Durero, autor de las ilustraciones, extraordinarias, según se puede comprobar a la izquieerda, de un “Apocalipsis” publicado en 1498. Por si fuera poco, esta empresa era algo más que unas prensas y unos operarios, pues se ocupaba no solo de la producción, impresión y edición de los libros, sino también de su comercialización, distribuyéndolos directamente en librerías alemanas, francesas y de otros países.

En 1465 la imprenta ya había llegado a Roma, capital ideológica del imperio occidental y cristiano, y cuatro años después a Francia. En 1472 había talleres en Suiza y el año siguiente en Polonia, Holanda y Bélgica. En 1477 cruzó el mar por primera vez y desembarcó en Inglaterra. Tal fue el éxito, que durante la segunda mitad del siglo XV, con la imprenta todavía dando sus primeros pasos, se editaron en toda Europa veinte millones de libros, cantidad que se multiplicó por diez en la centuria siguiente hasta alcanzar los doscientos millones de ejemplares.

En España el primer libro impreso con el nuevo artilugio en 1472 fue el “Sinodial de Aguilafuente”, un volumen de 48 hojas que contenía las actas del sínodo que acababa de celebrar la diócesis de Segovia, cuyo obispo, Juan Arias Dávila, necesitaba textos para adoctrinar a los alumnos del centro de estudios que acababa de fundar. Conocedor del invento de Gutenberg, que llevaba ya dos décadas funcionando, mandó llamar en 1469 a un impresor alemán, el maestro Párix, que tardó tres años en organizar el taller y ponerlo a funcionar. Aquello de imprimir parece que no era cosa de llegar y besar el santo. En lo que quedaba de siglo se fueron instalando imprentas en las principales ciudades, de Valencia, Zaragoza, Sevilla o Valladolid a Mondoñedo, Coria, Montalbán o Monserrat, de forma que al acabar la centuria había alrededor de una treintena de talleres en la España recién unificada por Isabel y Fernando, a los que el papa valenciano Alejandro Sexto confirió en 1496 el título de Reyes Católicos, con el que se harían famosos en la historiografía mundial, y a los que volveremos, brevemente, unos párrafos más adelante. Madrid, por aquel entonces un poblacho casi recién salido de las garras del moro, no contó con una imprenta hasta 1566, una vez establecida en ella de forma permanente la corte de Felipe II cinco años antes.

En la España en proceso de unificación de finales del siglo XV --en la que la Iglesia de Roma, como sucedía en toda Europa, constituía la principal estructura organizada de poder, además del basamento dogmático de su ideología, y a ella estaban subordinados los reinos y sus reyes, que no obstante la utilizaban para mantener su dominio-- la imprenta tuvo consecuencias decisivas y contradictorias. Por una parte, abrió caminos al conocimiento, fomentó las ideas nuevas y construyó el basamento de lo que desembocaría en el esplendor creativo del Siglo de Oro. Por otra, desató las furias inquisitoriales, necesitado el estado, en plena construcción del Imperio, de un férreo control de las ideas “disolventes”. 

Hasta ese momento de la llegada de la imprenta, los manuscritos estaban totalmente en manos eclesiales, encerrados en conventos, catedrales, monasterios, cortes reales y castillos feudales, con el consiguiente monopolio del conocimiento y el poder que este les otorgaba sobre un pueblo ignorante, supersticioso y alienado. También se almacenaban cada vez más, es cierto, en las universidades, que aunque no fueran sino correas de transmisión del pensamiento mágico-religioso de Roma, soltaban cada año un número creciente de licenciados que se desparramaban por los reinos de Castilla, Navarra, Aragón o Valencia, ampliando el círculo de ciudadanos lectores, ansiosos de saber en medio de aquella sociedad que todavía era abrumadoramente iletrada. Destacaban ya, como faros de cultura, las bibliotecas particulares de manuscritos, algunas de la importancia de las de Petrarca, que llegó a reunir unos 200 manuscritos, Bocaccio, que rondaba los 90, o Pico de la Mirandola, que alcanzó nada menos que los 1.695.

La impresión mecánica vino a transformar radicalmente este panorama. Aunque algunos de los avances que aportó la imprenta fueran técnicos, su influencia cultural, social y política resulto decisiva en la configuración de una nueva era histórica. Su principal característica, la posibilidad de multiplicación de los ejemplares, que a diferencia de la de los panes y los peces no tuvo nada de milagrosa, amplió de golpe el número de personas que podían atesorar sus propios libros, rompiendo, en un proceso lento pero inexorable, el monopolio del conocimiento, que hasta entonces habían atesorado en exclusiva el clero y la nobleza. Durante los siglos XV y XVI las ciudades crecieron de manera espectacular y en su seno nacieron y se desarrollaron nuevas clases sociales, ligadas a los profesionales que necesitaba la urbanización creciente de la sociedad, desde escribanos, notarios o médicos hasta boticarios, empresarios o comerciantes, todos ellos posibles lectores, que configuraban unas incipientes clases medias, hambrientas de cualquier nuevo conocimiento que les garantizara su sitio en la escala social.

La difusión del libro cambió los hábitos de lectura, que dejó de ser cosa de alimentar la piedad para transformarse en un entretenimiento, que se extendía más allá de los propios letrados mediante la lectura colectiva en voz alta de los textos ante grupos de amigos o familiares analfabetos. El nuevo sistema de impresión permitió también reducir el formato de los viejos manuscritos y códices, haciéndolos más transportables, facilitó la unificación de la tipografía, hasta entonces distinta según los diferentes territorios, ayudando con ello al intercambio internacional de ideas, o acabó con el latín como único idioma culto, abriendo paso a las publicaciones en lenguas romances y a su potenciación.

Aunque existían ya modelos literarios establecidos, como la narrativa o la poesía, que contaban con antecedentes tan ilustres como Boccaccio, Chaucer, Dante o Petrarca, por reducir la nómina a los que pudieron ver sus obras xilografiadas en el siglo XIV, la imprenta contribuyó a fijarlos como géneros, abriendo nuevos caminos a la creación literaria. Ya se podían imprimir las obras teatrales, y las traducciones permitían acceder a obras de otras culturas, empezando por los clásicos griegos o romanos hasta entonces inalcanzables, incluso para la mayor parte de la pequeña minoría de letrados existente. La imprenta permitió la difusión del pensamiento a una velocidad que debió resultar vertiginosa para la época. Da prueba de ello, por ejemplo, que ya en 1516 Diego López de Cortegana tradujera al castellano por primera vez un libro de Erasmo de Rotterdam, su contemporáneo, cuyos escritos tuvieron amplia repercusión en España desde entonces, difundiendo sus ideas renovadoras, y en muchos puntos revolucionarias, sobre el catolicismo, que tanto habrían de influir en Lutero y la rebelión antipapista del protestantismo. El libro impreso fue un instrumento de cultura que permitió el Renacimiento y avanzó hacia la Ilustración, abriendo el mundo a la sociedad contemporánea.